Los médicos retrocedieron lentamente.
Se acercaba la hora de la muerte.
Los guardias de seguridad agarraron a Leo del brazo para escoltarlo fuera.
Pero Richard miró de repente al chico —lo miró de verdad— y vio algo que nadie más había visto.
No es arrogancia.
No busco llamar la atención.
Preocupación genuina.
—Dijiste que no es un tumor —dijo Richard con voz ronca—. ¿Qué es?
Leo metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño frasco abollado de aceite de hierbas que su abuelo usaba cuando el polvo les obstruía los pulmones.
“Separo la basura todos los días”, dijo Leo en voz baja. “Uno aprende a darse cuenta de lo que falta”.
Antes, en el vestíbulo, Leo había visto un amuleto de juguete roto colgando del portabebés. Le faltaba una cuenta roja.
—Por favor —susurró—. Déjame intentarlo.
El médico jefe protestó enérgicamente. “¡Esto es absurdo!”
Richard estalló. “¡Me dijiste que mi hijo está muerto! ¿Qué tengo que perder?”
Silencio.
—Déjalo —ordenó Richard.
Leo dio un paso al frente.
La habitación estaba helada. La piel del bebé estaba pálida.
Los médicos observaban con los brazos cruzados, esperando el fracaso.
Leo aplicó una pequeña gota de aceite debajo de la mandíbula del bebé para reducir la fricción. Luego presionó suavemente a lo largo de la zona hinchada.
Nada.
El monitor permaneció plano.
Isabelle sollozó aún más fuerte.
—Basta ya —dijo el médico jefe—. Esto no tiene sentido.
El personal de seguridad volvió a acercarse a Leo.
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