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Ocho años después de la desaparición de su hija, una madre reconoce su rostro tatuado en el brazo de un hombre. La verdad tras la imagen la deja sin aliento.

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Un año después, madre e hija regresaron juntas a Puerto Vallarta. Caminaron de la mano por el malecón y depositaron flores blancas en el mar, no como despedida, sino como cierre.

—Ya no tengo miedo —dijo Sofía—. Ahora sé quién soy.

Elena sonrió. Ocho años de oscuridad no habían vencido al amor.

Porque a veces, incluso después de la más larga desaparición, la vida elige devolvernos lo que nunca debió perderse.

Y esta vez, para siempre.

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