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“Nunca conoció el amor hasta los 40… pero una tormenta y una mujer perdida en el desierto cambiaron su destino para siempre”

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Durante el desayuno, la vieja radio de transistores anunció una tormenta violenta, con vientos fuertes y riesgo de granizo.

Sin perder tiempo, Diego aseguró el establo, puso a salvo a los animales más vulnerables y cerró cuidadosamente las ventanas de la casa. Mientras trabajaba, recordó una superstición de su abuela: los cambios bruscos de clima siempre anuncian cambios en la vida.

A media tarde, el cielo se volvió completamente gris. El viento aullaba, levantando remolinos de polvo. Cuando Diego regresaba hacia la casa, algo llamó su atención a lo lejos: una silueta humana caminando sola por el desierto.

Montó a Tormenta y galopó hacia la figura. Era una mujer joven, exhausta, luchando contra el viento. Llevaba una falda larga de color café y una blusa blanca cubiertas de polvo. Su cabello castaño, antes trenzado, caía ahora en desorden.

Cuando Diego bajó del caballo, sus miradas se cruzaron.

Sus ojos eran color ámbar, con destellos dorados que atrapaban la poca luz bajo el cielo gris. En ellos se leía determinación, pero también cansancio y vulnerabilidad.

—Señor, por favor… —dijo ella con la voz ronca—. Necesito refugio. La tormenta se acerca y no tengo a dónde ir.

Diego sintió algo inexplicable apretarle el pecho, como si hubiera estado esperando ese instante toda su vida.

—Claro —respondió aún conmovido—. Me llamo Diego Mendoza.

—Isabela. Isabela Herrera.

Diego la ayudó a subir al caballo y regresaron rápidamente al rancho mientras los primeros truenos retumbaban. Isabela se aferró instintivamente a la cintura de Diego, y ese contacto provocó en él una sensación completamente nueva.

En la casa, Diego le ofreció agua fresca. Isabela bebió con avidez. A la luz de la lámpara, pudo observarla mejor: alrededor de dieciocho años, rasgos delicados, manos marcadas por el trabajo duro y una madurez en la mirada que superaba su edad.

Ella explicó que venía de San Miguel, a casi cien kilómetros. Había caminado durante dos días.

—Mi padre murió hace un mes —dijo bajando la mirada—. Los acreedores se llevaron todo. No tenía familia, ni trabajo, ni un lugar donde quedarme.

Sus palabras tocaron algo profundo en Diego. Su soledad hacía eco en la de ella.

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