Diego cumplió.
Inscribió a Sofía en una escuela. Le dio una habitación en su casa. Y lo más importante: le dio un lugar en la vida de los trillizos.
Sofía no fue “adoptada” como un premio.
Fue elegida como familia.
Un día, Sofía caminó por el jardín enorme de la mansión. Los trillizos gateaban cerca, riéndose. Diego la miró desde lejos.
Sofía levantó una margarita fresca, viva, y la olió.
Ya no estaba marchita.
Y por primera vez, ella tampoco.
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