Esa frase lo golpeó más fuerte que cualquier golpe.
—¿Estabas sola? —preguntó.
Sofía asintió, bajando la mirada.
Diego respiró hondo, como si tomara una decisión imposible.
—Entonces ya no vas a estarlo.
Con cuidado, Diego abrió la mochila. Los trillizos estaban allí, llorando. Cuando él los vio, sus manos temblaron. No era un hombre acostumbrado a temblar.
Los tomó uno por uno.
Y los bebés, como si reconocieran algo, se calmaron.
Sofía sintió un dolor raro: alegría por ellos… y miedo de perderlos.
Diego lo notó otra vez.
—No voy a borrarte de su historia —dijo—. Tú eres parte de esto.
Sofía lo miró sin entender.
Diego se puso de pie.
—Voy a denunciar a los responsables. Y voy a asegurarme de que nadie vuelva a tocarlos.
Doña Rosa se levantó lentamente.
—Señor… tenga cuidado. Hay un abogado… Mauricio Rivas…
Diego se tensó.
—¿Qué sabes de él?
Doña Rosa tragó saliva.
—Nos dijeron que él estuvo cerca de los niños antes de desaparecer.
Diego apretó la mandíbula.
—Entonces él me va a explicar muchas cosas.
Esa misma tarde, Diego llevó a Sofía y a Doña Rosa a una clínica privada. A Doña Rosa la atendieron. A los bebés los revisaron. Y a Sofía… le dieron comida caliente por primera vez en mucho tiempo.
Sofía comió despacio, como si temiera que alguien se lo quitara.
Diego la observaba desde la puerta.
No con lástima.
Con respeto.
Más tarde, en una oficina elegante, Diego llamó a su equipo de seguridad.
—Quiero a Mauricio Rivas aquí. Ahora.
Cuando Mauricio llegó, venía con sonrisa falsa.
—Diego, lamento lo ocurrido…
Diego no le dio tiempo.
—¿Dónde estaban mis hijos?
Mauricio parpadeó.
—Yo… no lo sé.
Diego puso sobre la mesa una foto del sedán negro.
—Este hombre trabaja para ti.
Mauricio se puso pálido.
—Eso… eso es imposible…
Diego se inclinó.
—No me mientas.
Mauricio respiró agitado.
—Está bien… —susurró—. Fue un plan… para asustarte. Para que firmaras unos papeles. Para que cedieras una parte del patrimonio…
Diego lo miró con asco.
—¿Usaste a mis hijos como amenaza?
Mauricio bajó la cabeza.
—No iba a pasarles nada…
Diego golpeó la mesa.
—¡LOS ABANDONASTE EN UN PARQUE!
Mauricio tembló.
—Yo no… yo no pensé que alguien los encontraría…
Diego se quedó quieto. Luego su voz fue baja, mortal:
—Los encontró una niña de siete años. Ella tuvo más corazón que tú en toda tu vida.
Mauricio empezó a llorar.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»