“Me has cuidado todo este tiempo, y quiero que tengas esto,” susurró.
Asentí, sin saber qué más decir. No quería parecer ingrata, pero honestamente, la almohada parecía un objeto inútil y sentimental.
Cuando terminó el funeral y todo fue guardado, encontré la almohada aún sentada en la silla junto a la ventana. Parecía fuera de lugar entre el espacio ordenado y vacío que había sido suyo.
Sintiéndome frustrada y cansada, agarré la almohada, con la intención de tirarla junto con el resto de sus cosas viejas. Pero entonces, mientras estaba a punto de rasgar la tela, algo llamó mi atención.
Me detuve.
Una pequeña esquina de la almohada estaba deshecha. Nunca lo había notado antes.
Tiré de la tela, y de repente, un pequeño trozo de papel cayó fuera. Me congelé.
En el papel había una dirección y un nombre: James Ashton. Mi corazón comenzó a acelerarse. ¿Quién era esta persona? ¿Y por qué estaba escondida en una almohada?
Dando vuelta la almohada, rasgué más la tela. Lo que encontré en su interior me dejó helada.
Montones de dinero.
Paquetes de billetes, todos envueltos en plástico. Había tanto dinero, cientos de miles de dólares, todo cuidadosamente guardado dentro de una almohada que había estado cargando durante años sin saberlo.
Casi no podía respirar.
¿Quién era James Ashton, y por qué mi suegro tenía todo este dinero escondido en una almohada? ¿Y cómo había mantenido este secreto de todos, incluso de su propia familia?
Podía sentir mi corazón acelerado mientras intentaba juntar las piezas. Samuel, el hombre que había estado tan enfermo y dependiente de mí durante doce largos años, había sido secretamente rico. ¿Pero por qué? ¿Por qué esconderlo de todos? ¿Por qué darme esta almohada ahora?
A medida que la verdad comenzaba a calar, supe que tenía que saber más.
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