Cuando llegaron los paramédicos, Linda intentó explicarse, hablando rápido y defendiendo sus acciones como si fuera víctima de mi supuesta “reacción exagerada”. La ignoraron. Me quitaron a Sophie de los brazos, le pusieron una pequeña mascarilla de oxígeno y salí descalza, con el corazón latiéndome con fuerza.
Dentro de la ambulancia, me quedé mirando la manita inerte de Sophie y un pensamiento terrible no dejaba de repetirse en mi mente:
Si hubiera llegado cinco minutos más tarde, ya se habría ido.
En el Hospital Mercy General, todo se desarrolló en fragmentos vívidos y abruptos: puertas automáticas que se abrían solas, enfermeras gritando números, ruedas de camillas que chirriaban, el penetrante olor a antiséptico que impregnaba el aire. Corrí junto a la camilla de Sophie hasta que alguien me detuvo con suavidad pero con firmeza.
—Señora, tiene que esperar aquí —dijo una enfermera, conduciéndome a una pequeña sala familiar que olía ligeramente a café viejo y sábanas recién lavadas.
Tenía las manos pegajosas por la saliva de mi hija y mi propio sudor. No podía dejar de mirarlas como si fueran de otra persona. Mi teléfono tembló mientras llamaba a Ryan.
Contestó al segundo timbrazo. “¿Em? Estoy en una reunión…”
—Sophie —dije con la voz quebrada—. Está en el Hospital General Mercy. No respiraba. Tu madre, Ryan, la ató a la cama.
Silencio. Luego un sonido como si le hubieran sacado el aire de un golpe. “¿Qué?”
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