—No. Hace seis años fuiste tú quien lloró en una clínica de Polanco cuando el doctor te dijo que tus posibilidades de tener hijos eran casi nulas. ¿Ya se te olvidó?
El patio quedó en silencio.
Doña Elvira miró al bebé. Luego a la mujer. Luego a Ricardo.
Pero a mí ya no me importaba su mentira. Me importaba Mateo.
—Dame la llave de esa cadena —ordené.
Nadie se movió.
Entonces grité tan fuerte que hasta los vecinos se asomaron:
—¡La llave!
La mujer tembló y me la aventó.
Cuando liberé a Mateo, mi hijo no me abrazó. Me rasguñó, me mordió la manga, trató de escapar. Yo lo envolví con mi chamarra y lo cargué. Pesaba menos que una bolsa de mandado.
Mientras salía de la casa, doña Elvira gritó:
—¡Llévate a tu animal, pero no vuelvas por nada!
Yo me detuve en la puerta.
No respondí.
Solo miré la casa, la empresa, a mi marido, a su amante y al bebé que acababa de destruirles la mentira.
Y supe que todavía no habían visto nada.
No podían imaginar lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
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