Creo que es la presión. No, él dormido bien. Puedo usar el baño, ¿chame agua en la cara? Claro, claro. Se ella se levantó preocupada o fingiendo estarlo. ¿Quieres que la acompañe? No hace falta. Conozco el camino. He estado aquí tantas veces. Fui al baño, pero sin entrada. Me quedé tras la puerta entreabierta observando. Beatriz se había vuelto a sentar. Agarró el celular, empezó a escribir algo rápido, concentrada. Espera unos minutos, abre la llave para que haga ruido, luego la cerré, regresa a la sala.
¿Mejor?, preguntó ella. Sí, gracias. El café ayudó también. Me sentí de nuevo, tomé otro trago y fue cuando su teléfono sonó. Ella miró la pantalla y suspir. Perdón, suegra, tengo que contestar. Es el abogado por los papeles de la herencia. No te preocupes, contesta. Es importante. Se levantó y salió al patio de atrás, cerrando la puerta de vidrio tras ella. Podía verla a través del cristal, pero no escuchaba lo que decía. Esta era mi oportunidad, tal vez la única.
Miré a mi alrededor. Nadie. Agarré su celular de la mesa. Seguía desbloqueado. Qué suerte. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que ella lo oiría desde afuera. Abrí la aplicación de mensajes, busqué a Andrés, lo encontré y lo que vi me hizo el helarme hasta los huesos. cientos de mensajes de ellos hablando del plan, del accidente, del seguro, de empezar una vida nueva. Estaba todo, cada detalle, cada etapa, hasta fotos, fotos del testamento falsificado, de las pólizas de seguro, de documentos que ella había forjado.
Y lo más aterrador, había un mensaje de hace 3 días. Andrés, ¿segura que está muerta, Beatriz? Segura. Vi cómo se quemaba el coche. Nadie sobrevive a eso. Andrés, ¿y si sobrevivió? ¿Y si se fue al hospital? Beatriz. Imposible. Pero estará pendiente de los hospitales de la zona. Si aparece algo, ya sabes qué hacer. Andrés, ya sé, esta vez termino bien el jale. Mi mano temblaba. Todavía lo estaban buscando. Todavía querían asegurarse de que Ricardo estuviera muerto y si descubrían que estaba vivo, lo intentarían de nuevo.
No tenía tiempo de leer todo. Rápido, seleccioné todas las conversaciones con Andrés. Le di en reenviar, escribí mi propio número, lo envié. Después de entrar a los mensajes enviados, borré el registro del envío, dejé todo como estaba. Puse el celular de regreso en el mismo lugar, exactamente en la misma posición. Respire profundo, mi corazón aún desbocado. Segundos después, Beatriz regresó. Guardó el celular en su bolsillo sin mirar. “Perdón por la tardanza”, dijo ella. “Los abogados siempre son complicados, mucha burocracia.
Me imagino. Debes estar agotada con todo esto. Lo estoy, pero tengo que ser fuerte. Por Miguelito, él me necesita ahora. Hablamos unos minutos más. Me enseñó las cajas que había separado con las cosas de Ricardo, ropa vieja, algunos papeles de la escuela, fotos de cuando era niño, como si eso fuera suficiente, como si eso compensara el haber intentado matar a mi hijo. “Gracias por guardar todo esto”. Le agradecí agarrando una de las cajas. Significa mucho. De nada, suegra.
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