Ella dudó.
Su mirada se desvió hacia la puerta, aquel lugar que una vez llamó hogar, ahora nada más que una prisión.
—No tengo nada —susurró.
Diego apretó la mandíbula.
“Te tienes a ti misma.”
Una pausa.
“Y con eso basta.”
No llamó a la puerta.
No gritó.
No rogué.
Camila simplemente se dio la vuelta…
Y caminó bajo la lluvia junto a él.
Dentro de la casa, Álvaro observaba.
Brazos cruzados.
Molesto, pero seguro de sí mismo.
—Se arrepentirá —murmuró—. No tiene adónde ir.
Detrás de él, su madre soltó una risa seca.
Déjala. Mañana volverá a pedirte limosna.
Pero esa noche…
Ella no regresó.
A la mañana siguiente, Álvaro se despertó tarde.
No, Camila.
Sin desayuno.
Sin café.
No había ninguna presencia silenciosa que hubiera mantenido su vida en marcha sin que él se diera cuenta.
Frunció el ceño.
“Inútil…” murmuró.
Revisó su teléfono.
Nada.
Él sonrió con suficiencia.
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