CAPÍTULO 7: EL PURGATORIO DE CEMENTO (LA TRANSFORMACIÓN)
Dicen que la cárcel no rehabilita, que solo perfecciona la maldad. Y en muchos casos, es cierto. El Reclusorio Norte es una universidad del crimen donde se entra siendo carterista y se sale siendo secuestrador. Pero para Thiago, para mi hijo el “príncipe”, la cárcel fue algo diferente: fue un espejo brutal que le rompió el ego en mil pedazos.
Los primeros seis meses fueron el infierno en la tierra.
Yo no lo vi, pero me lo contó después, mucho después, cuando ya podíamos hablar sin llorar. Me contó que al llegar al área de ingreso, los otros reos lo olieron. Olieron su miedo, olieron su suavizante de ropa cara y su piel de quien nunca ha tomado el sol trabajando. Le pusieron apodos: “El Licenciado”, “La Barbie”, “El Junior”.
Le quitaron todo. Sus tenis de marca volaron el primer día. Su reloj, que había logrado colar en la aduana, duró diez minutos. Tuvo que aprender a dormir con un ojo abierto, acurrucado en una esquina de una celda diseñada para cuatro personas donde dormían quince. Tuvo que aprender que ahí adentro, su apellido, sus contactos en Polanco y sus trajes italianos no valían ni un cigarro suelto. Ahí adentro, vales lo que eres como hombre, tu palabra y tus puños. Y Thiago no tenía nada de eso.
Durante ese primer semestre, mis visitas eran una tortura. Yo llegaba puntual, con mi bolsa de mandado permitida: papel de baño, jabón Zote, galletas Marías y dinero en efectivo para que pagara la “talacha” (la limpieza) y no lo golpearan.
Él se sentaba frente a mí, cada vez más flaco, más demacrado.
—Mamá, sácame de aquí —era su mantra—. Vende la casa de Cuernavaca. Paga al juez. Yo sé que se puede.
—No, Thiago.
—¡Me van a matar! —gritaba, golpeando la mesa—. ¿Eso quieres? ¿Recibir mi cuerpo en una bolsa?
—Si te portas bien y no te metes en problemas, no te van a matar. Aprende a respetar, hijo. Aprende a ser humilde. Aquí no eres el jefe.
Yo salía del reclusorio con el corazón hecho pedazos, vomitaba de los nervios en el estacionamiento y lloraba todo el camino a casa. Mis amigas me decían que era una cruel.
—Clarice, por Dios, es tu hijo. Ya aprendió la lección. Ayúdalo.
—No —les decía yo, secándome las lágrimas—. Si lo saco ahora, saldrá resentido y prepotente. Tiene que romperse para volverse a armar. Es como un hueso mal soldado; hay que romperlo para que cure bien.
Mientras él vivía su calvario, yo empecé a reconstruir mi propia vida. Regresé a mis clases de pintura. Me fui de viaje a Oaxaca con mi hermana. Empecé a disfrutar de mi dinero sin culpa. Y, curiosamente, la empresa, mi Holding, empezó a ir mejor que nunca. Sin Thiago drenando las cuentas para sus caprichos, el capital creció.
El cambio en él ocurrió al octavo mes.
Fue un martes de visita. Llegué y lo noté diferente. Tenía un corte de pelo más modesto, tipo militar. Ya no tenía esa mirada de pánico de animal acorralado. Tenía una mirada… resignada. Serena.
Se sentó y no me pidió dinero. No me pidió que vendiera nada.
—Hola, jefa —me dijo. Era la primera vez que me llamaba así, sin el tono despectivo, sino con el respeto del barrio.
—Hola, hijo. Te traje unas gorditas de chicharrón que te gustan.
—Gracias. Oye, mamá… quería pedirte un favor.
Me puse tensa. ¿Dinero para protección? ¿Drogas?
—Dime.
—Necesito libros.
—¿Libros? ¿Novelas?
—No. Necesito mis libros de la carrera. El Código Penal, el Código Civil, la Ley de Amparo. Y libretas. Muchas libretas y plumas.
—¿Para qué? —pregunté, confundida.
Thiago suspiró y miró sus manos, que ahora estaban callosas de lavar baños (la “fajina” que le tocaba hacer).
—Hay un chavo en mi celda, El Tuercas. Es un mecánico que está aquí por robo de autopartes. Pero revisé sus papeles… mamá, lo clavaron injustamente. El robo fue en una fecha en que él estaba hospitalizado. Su abogado de oficio ni siquiera metió las pruebas. Lleva dos años preso esperando sentencia por algo que no hizo.
Me quedé muda.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—Voy a escribirle un Amparo. Voy a redactar la promoción para que revisen su caso. Me acuerdo de cómo hacerlo. O al menos, quiero intentarlo. Aquí hay mucha gente así, mamá. Gente pobre que no sabe leer, que firmó confesiones a golpes, que no tienen quien los defienda. Yo… yo sé leyes. Soy un abogado de mierda, pero sé leyes.
Sentí una punzada de orgullo tan fuerte que casi me doblo.
—Te traeré los libros, hijo. Mañana mismo te los mando con el abogado Medina.
A partir de ese día, nació el nuevo Thiago. O como le empezaron a decir en el módulo: “El Abogado del Pueblo”.
Thiago empezó a usar su tiempo para leer expedientes de sus compañeros. Cobraba, sí, pero no cobraba en dinero, porque nadie tenía. Cobraba en protección, en comida, en respeto.
—Si sacas a mi primo del “torito”, nadie te vuelve a tocar un pelo, Licenciado —le dijo el líder del dormitorio.
Y Thiago lo sacó. Encontró un error de procedimiento en la detención y logró la libertad de un muchacho.
En las visitas siguientes, Thiago ya no me hablaba de su sufrimiento. Me hablaba de casos.
—Mamá, no vas a creer la injusticia del sistema. Tengo un señor de 70 años preso por robarse unos panes. Es inconstitucional. Estoy peleando su preliberación.
Lo veía hablar con pasión. Con la pasión que nunca tuvo cuando estaba en su despacho de lujo en Polanco. Allá, el derecho era una forma de hacer dinero para comprar relojes. Aquí, el derecho era una herramienta para devolverle la vida a un ser humano.
Thiago pasó tres años y medio en prisión. Le dieron beneficios por buena conducta y por trabajo social (dar clases de alfabetización a otros reos).
El día que me avisaron de su liberación, sentí que volvía a nacer.
Pero yo también había cambiado. Ya no era la madre tapete. Era Clarice, la sobreviviente. Y tenía lista la última prueba para él.
CAPÍTULO 8: LA REDENCIÓN Y EL REGRESO (EL HOMBRE NUEVO)
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