
La dinamo estaba fijada al cuadro de la bicicleta, justo al lado de la rueda. Un pequeño rodillo descansaba sobre el neumático. Al pedalear, la rueda giraba, el rodillo también, y esto generaba electricidad.
Esta electricidad alimentaba directamente la luz de la bicicleta. Cuanto más rápido pedaleabas, más brillante era la luz. Al detenerte, la luz se apagaba.
El característico ruidito del dínamo contra la rueda era casi parte del viaje, y todavía lo recuerdo hoy.
Un objeto que me recuerda a la infancia y a la libertad.

Para mí, una dinamo de bicicleta no era solo un accesorio. Era casi un objeto mágico. Tener una bicicleta con dinamo era un poco como tener una bicicleta de adulto.
Podía montar en bici de noche, ver el camino por delante, sentirme independiente y vivir aventuras con mis amigos. El haz de luz en la carretera hacía que incluso dar la vuelta a la manzana pareciera una gran aventura.
Era una época en la que las cosas eran más sencillas: sin pantallas, sin baterías que recargar, solo una bicicleta, una carretera y el deseo de explorar.