Vanessa apareció en la vida de Thiago como una tormenta de perfume caro y ambición desmedida.
Era hermosa, sin duda. De esas mujeres que entran a un restaurante y hacen que todas las miradas giren. Pero detrás de su sonrisa perfecta había algo que yo reconocí de inmediato.
Hambre.
No hambre de amor.
Hambre de lujo.
La primera vez que la conocí, observó mi departamento como quien inspecciona un catálogo.
—Qué vista tan increíble, señora Clarice —dijo, recorriendo el ventanal con la mirada—. Este tipo de propiedades se valorizan muchísimo.
No preguntó cómo estaba.
No preguntó por mi salud.
Preguntó por la valorización.
Supe entonces que no era una coincidencia que, meses después, Thiago empezara a hablar de inversiones “más agresivas”, de “mover capital”, de “optimizar patrimonio familiar”.
Palabras elegantes para disfrazar codicia.
Hace un año, insistió en que le firmara un poder notarial amplio.
—Solo para facilitar trámites si tú estás de viaje, mamá. Es lo más práctico.
Yo lo firmé.
Pero lo que Thiago nunca supo es que, diez años atrás, cuando Alberto aún vivía, estructuramos algo mucho más sólido que un simple título de propiedad.
El departamento no estaba realmente a mi nombre.
Estaba dentro de un fideicomiso irrevocable.
Un fideicomiso con cláusulas muy claras.
Nadie podía venderlo sin la autorización del comité administrador.
Y yo no era la única integrante de ese comité.
Había tres abogados corporativos y un notario que llevaba años trabajando conmigo.
El poder que Thiago usó le permitía representarme.
Pero no le otorgaba facultades para disponer de bienes pertenecientes al fideicomiso.
En otras palabras…
La venta que celebró era jurídicamente inválida.
Y peor aún.
Constituía fraude.
Cuando terminé de reír aquella tarde, tomé mi teléfono y marqué el número de Ignacio, mi abogado de confianza.
—Ignacio, activemos el protocolo siete.
Silencio al otro lado.
—¿Está segura, Clarice?
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