“Hola, señorita Renee. Vivo enfrente. Disculpe que la moleste, pero ¿hay alguna razón por la que Caleb nunca sale a jugar?”
Renee esbozó una dulce sonrisa. “Le encantaría, pero… no tenemos una forma segura de subirlo y bajarlo sin que alguien lo cargue cada vez”.
Ethan parecía preocupado.
“Llevamos más de un año ahorrando para una rampa. Simplemente… está llevando tiempo. El seguro no la cubre.”
Me disculpé por lo que estaban pasando, le di las gracias, les deseé lo mejor y caminamos a casa en silencio.
Pero ahí no terminó todo.
Esa noche, Ethan no encendió sus videojuegos ni cogió el teléfono. Se sentó a la mesa de la cocina con un lápiz y una pila de papeles, dibujando.
Su padre le había enseñado a construir cosas antes de fallecer hace tres meses. Empezó con proyectos pequeños —una casita para pájaros, una estantería— y luego se fue haciendo algo más grande. A Ethan le encantaba.
Ahora lo observaba, concentrado y atento.
“¿Qué estás haciendo?”
No levantó la vista. “Creo que puedo construir una rampa”.
Al día siguiente, después de la escuela, Ethan vació su hucha de ahorros sobre la mesa.
Monedas. Billetes. Todo lo que tenía.
—Eso es para tu bicicleta nueva —dije con cuidado.
“Lo sé.”
¿Estás seguro de esto?