Llegó un nuevo diciembre, y esta vez no hubo una transferencia bancaria de 100,000 dólares. En su lugar, hubo una videollamada. Mercedes conectó su teléfono para hablar con las vecinas de su colonia en la Ciudad de México. Las mujeres, que durante 12 años habían envidiado la falsa suerte de Mercedes, lloraron de emoción al ver a Isabela. Estaba delgada, pero sus ojos volvían a brillar, y llevaba envuelta en los hombros la bufanda roja que su madre le había tejido. Detrás de ella, los 3 niños coreanos gritaban “¡Feliz Navidad, abuela!” mezclando los dos idiomas, orgullosos de llevar sangre mexicana en las venas.
Mientras paseaban esa noche por las calles iluminadas de Seúl, Isabela se apoyó en el brazo de Mercedes y le preguntó si alguna vez volvería a su amado México. Mercedes miró a sus nietos correr y jugar en la nieve, libres al fin.
—Volveré cuando tú puedas venir conmigo —respondió Mercedes, apretando la mano de su hija—. O cuando ya no me necesites aquí.
—Te necesité durante 12 años, mamá —susurró Isabela con la voz quebrada.
—Llegué tarde, mija.
—Llegaste cuando todavía podía llamarte. Y abriste la puerta.
Mercedes supo entonces que su propósito estaba cumplido. Atrás había quedado el macabro altar, el olor a cloro y el moño negro. Mientras ella respirara, ningún apellido extranjero, ninguna suegra millonaria y ningún muro de concreto sería más fuerte que el instinto de una madre mexicana dispuesta a incendiar el mundo entero para recuperar a su hija.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»