A Clara se le cortó la respiración.
—Su deuda me pertenece —dijo Ethan en voz baja—. Cada dólar. Los préstamos para el equipo. La línea de crédito. La hipoteca de su casa.
Pasó otra página.
"¿Y el proyecto del paseo marítimo que está celebrando?", añadió Ethan. "Se está construyendo en un terreno que adquirí hace tres años. Es prácticamente mi inquilino".
Clara lo miró como si se hubiera quitado una máscara y hubiera revelado algo monstruoso, no porque fuera malvado, sino porque era real.
—Esto... esto es imposible —balbució—. Estás mintiendo.
El timbre sonó.
Un sonido suave y melódico que corta la tensión como el cristal.
Ethan no estaba sorprendido.
Él abrió la puerta.
Sofía estaba allí parada sosteniendo planos arquitectónicos enrollados.
De cerca, era incluso más impactante: líneas limpias, ojos tranquilos, el tipo de confianza que Clara pasó diez años actuando y que todavía nunca poseyó realmente.
—Espero no llegar demasiado tarde —dijo Sophia con cariño—. El tráfico estaba terrible.
"Tu momento es perfecto", respondió Ethan.
Se volvió hacia Clara.
—Clara —dijo con suavidad—, ella es Sophia Lauron, arquitecta principal de la iniciativa de reurbanización del centro.
Hizo una pausa y el golpe final aterrizó con una gracia aterradora.
“Es mi proyecto.”
Sophia dio un paso adelante y le extendió la mano cortésmente. "Es un placer conocerte por fin".
Clara no se movió.
La cruel frase de la cena (ninguna otra mujer lo querría) ahora estaba en su sala de estar, sosteniendo los planes para el futuro de Ethan.
La mentira estaba viva.
Su primer instinto fue la ira, porque la ira le era familiar. "¿Prometido?", espetó. "¡Así que me has estado engañando!"
La calma de Ethan no se rompió. "Nuestro matrimonio terminó hace años", dijo con serenidad. "No te diste cuenta".
Le recordaba las suites de invitados, las cenas en silencio, el aniversario que pasó con el teléfono. Los papeles de separación que le entregaron a su abogado meses atrás.
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