—Yo solo cociné —susurró.
El hombre del traje marrón sonrió, esta vez sin miedo.
—No. Tú nos viste.
La calle volvió a respirar.
Los vecinos miraban desde lejos.
El vapor del arroz subía como siempre.
Ese día, Siomara sirvió tres platos más.
Pero esta vez, no eran los niños los que necesitaban alimento.
Era el pasado el que, por fin, encontraba descanso.
Los Rolls-Royce se fueron.
El carrito quedó.
Y en aquella esquina de piedra y viento, quedó también algo raro y poderoso:
La prueba de que ningún acto pequeño se pierde.
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