No había gritos, ni demandas, ni caricaturas a volumen absurdo, ni puertas que se azotaran, ni esa sensación de estar siempre a punto de fallar en algo. Solo el murmullo lejano del mar, el aleteo de un pájaro en el techo y mi propia respiración entrando y saliendo sin miedo.
Fui al baño, me miré en el espejo y casi no me reconocí. Vi a una mujer cansada, sí. Vi arrugas profundas, manchas de sol, raíces grises, ojos enrojecidos. Pero también vi algo que hacía mucho no veía: autoridad. Una presencia. Un centro.
—Bienvenida de vuelta, Leonor —me dije.
Y me puse a trabajar.
Porque una cosa es huir y otra instalar la nueva patria.
Compré café, pan, jamón, queso, cloro del caro, jabón de lavanda, escobas y trapos nuevos en la tienda de doña Gertrudis, quien casi deja caer los lentes al reconocerme.
—¡Profesora Leonor! Yo pensé que usted ya ni se acordaba de este pueblo.
—Una se puede olvidar de un peinado, Gertrudis. De la paz, jamás.
Ella se rió. Me trató con la cortesía con que se trata a una persona y no a una carga. Eso, a esas alturas, ya era un lujo.
Pasé el resto del día limpiando. Y sí, la ironía me dio risa: había salido de una casa por esclavitud doméstica para llegar a otra a barrer pisos. Pero no era lo mismo. Limpiar lo mío no pesaba igual. Sacudir mis muebles era reclamar mi historia. Lavar mis ventanas era quitarle la mugre a mi porvenir.
Al atardecer la casa olía a café fuerte y a lavanda. Encendí la radio. Sonó un bolero viejo. Me senté en la mecedora del porche y miré cómo el sol incendiaba el Pacífico en tonos naranjas, violetas y oro líquido.
Entonces prendí el teléfono.
Cincuenta y tantas llamadas perdidas. Decenas de mensajes. Audios. Reproches. Alarmas. Suplicas.
No respondí de inmediato. Leí primero, como quien estudia el comportamiento de una especie salvaje.
“Mamá, ¿dónde estás?”
“Leonor, deja de hacer drama.”
“Nico no deja de llorar.”
“¿Te pasó algo?”
“Carla perdió una reunión.”
“Javi pregunta por ti.”
“No tenemos nada para cenar.”
“No aparece el uniforme.”
“Voy a cambiar la cerradura.”
Eso último me hizo reír. Cambiar la cerradura. Como si yo necesitara volver.
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