Aquella noche Carla creyó que me había roto.
No entendió que algunas mujeres no se rompen.
Solo cambian de coordenadas.
Y desde entonces, cada vez que el sol cae sobre el Pacífico y me pinta de naranja la mecedora, abro mi libreta negra, tomo café fuerte y leo la frase que escribí para no olvidarme jamás:
Nunca pidas perdón por ocupar tu espacio en el mundo.
Después cierro la libreta, miro el mar y sonrío.
Porque la vida no se me acabó cuando me llamaron inútil.
La vida empezó de nuevo cuando decidí demostrar, primero a mí misma, que todavía podía ser reina de mi propio territorio.
Y vaya que lo soy.
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