Me vestí sola.
Me tardé cuarenta y cinco minutos y casi me desmayo tres veces abotonándome la blusa. Cada botón era una batalla. Cada movimiento me arrancaba una punzada limpia en el esternón. Me peiné como pude, me pasé polvo en la cara para no parecer un cadáver recién sentado, guardé la libreta verde en el bolso y salí al pasillo.
Lidia casi soltó un grito al verme.
—¡Señora Hortensia! ¿Qué hace de pie? Ya llegó su alta, pero tienen que traerla en silla de ruedas.
Levanté la mano. No para despreciarla, sino para detener al mundo.
—No necesito silla. Y mi familia no ha llegado ni va a llegar.
Ella abrió la boca, luego la cerró. Me vio bien. Creo que entendió que a veces una mujer sale caminando del hospital no porque tenga fuerzas, sino porque se quedó sin permisos para derrumbarse.
Atravesé el pasillo con una mano en el bolso y la otra presionando el pecho debajo de la blusa. Los guardias de la planta baja me miraron con duda, pero no dijeron nada. Crucé las puertas automáticas y el aire caliente de la calle me golpeó la cara como una bofetada bendita. Me supo a humo, a gasolina, a ciudad viva. Levanté el brazo y paré un taxi.
El muchacho del volante se bajó para ayudarme a entrar.
—¿A su casa, doña? —preguntó cuando arrancamos.
Toqué la libreta verde dentro del bolso. Sonreí una sonrisa que ya no tenía nada de maternal.
—No, mijo. A mi casa no. Lléveme a la notaría número ocho. Tengo unas cuentas pendientes que corregir.
El trayecto fue un rosario de dolores. Cada bache me sacudía los huesos como si el alambre con que me habían cerrado el pecho todavía estuviera flojo. Me aferré a la manija de la puerta y apreté los dientes. El taxista me miraba por el espejo con cara de “esta señora se me va a morir aquí mismo”. Pero no. La muerte ya había hecho su intento. Ahora me tocaba a mí ajustar cuentas con los vivos.
La notaría número ocho estaba en un edificio gris, serio, de puertas pesadas. Empujarlas fue mi primer triunfo físico de ese día. La recepcionista, una muchacha de uñas rojas y cabello recogido, se levantó alarmada apenas me vio entrar pálida, encorvada y con la ropa de veinte días de hospital.
—Señora, ¿quiere que llame una ambulancia?
—No quiero ambulancia. Quiero ver al licenciado Morales. Dígale que Hortensia, la de la ferretería El Tornillo, necesita hablar con él ahorita.
—No tiene cita…
—Dígale que si no me atiende en tres minutos, me llevo mis propiedades con la notaría de enfrente.
La muchacha tragó saliva y desapareció por el pasillo. Regresó menos de un minuto después seguida por Morales, con menos pelo, más barriga y los mismos ojos vivos de zorro viejo que yo recordaba. Apenas me vio, se le borró el color.
—Por Dios, Hortensia —dijo acercándose—. Ernesto me dijo que estabas muy grave. Que casi no salías. Me aseguró que ustedes se estaban turnando en el hospital.
Me salió una risa seca que me rasgó el pecho.
—Ernesto siempre fue bueno para los cuentos. Llévame a tu oficina.
Me ofreció el brazo. Lo tomé lo justo para no caerme. Ya sentada frente a su escritorio, saqué la libreta verde y la planté sobre la madera con un golpe firme.
—Abre la computadora, Morales. Vamos a destruir un documento y a levantar otro. Hoy.
Morales me miró con cautela de abogado.
—Acabas de salir de una cirugía mayor. Ernesto podría alegar que no estás en condiciones de tomar decisiones legales.
—Precisamente por eso vamos a dejarlo sin aire —contesté—. Hoy quiero un testamento que resista hasta la maldad de mis propios hijos.
Abrí la libreta por las páginas centrales.
—Primero: la casa de la colonia Vista Hermosa. Ya no se divide entre nadie. Quiero que pase a un fideicomiso a nombre del Hospital General. Que la renta o la venta de esa propiedad financie al personal de enfermería del área de cardiología. Bonos, equipo, descanso, lo que más necesiten. Que lleve mi nombre si es necesario para amarrarlo bien.
Morales dejó de parpadear. Pero empezó a teclear.
—Segundo: el local de la ferretería y el terreno de la esquina se lo heredo en vida a don Ramón. Con cláusula blindada de usufructo y protección total para que mis hijos no puedan quitárselo ni con amenazas ni con engaños. Ese hombre trabajó conmigo treinta años sin robarme un tornillo. Él sí se ganó esos ladrillos.
—Hortensia… —murmuró Morales—. Esto les va a caer como dinamita.
—Que les caiga. Sigo.
Pasé la página.
—Tercero: el dinero en banco, inversiones, cajas de seguridad y todo lo que yo tenga líquido o movible se concentra en una cuenta a mi nombre exclusivo, administrada por una firma externa. Quiero pagar mi recuperación, mi vida y mis gustos hasta el último peso. Lo que sobre cuando yo me muera, si sobra, se va al orfanato de San Juan.
Morales se quitó los lentes y me observó como si en vez de tener frente a él a una viuda recién salida del hospital tuviera una tormenta con falda.
—¿Y a tus hijos qué les dejas?
Sentí un placer oscuro, limpio.
—Les voy a dejar algo a cada uno, para que ningún juez diga que los olvidé ni que estaba yo ida de la cabeza. Quiero que quede clarísimo que me acuerdo perfecto de quién es quién.
Y entonces dicté con toda la precisión de una mujer que conoce el peso exacto de cada agravio. A Ernesto, mi caja registradora manual, la que se atora con los ceros, para que aprenda a sumar el tiempo que no pasó conmigo. A Carmela, la colección de dedales de plata de mi abuela, porque siempre dijo que coser era cosa de sirvientas. A Julián, las tres toneladas de tornillos oxidados del almacén viejo, a ver si con eso paga algo de sus deudas. A Silvia, mis delantales manchados de grasa y pintura para que nunca olvide de dónde salió el dinero que le amuebló la vida. Y a Gustavo, la bicicleta de reparto con la llanta ponchada, para que aprenda a moverse por sus propios medios.
Morales soltó una carcajada que no pudo contener, luego se puso serio otra vez.
—Eres tremenda, Hortensia. Esto no parece el arranque de una anciana confundida. Parece una sentencia.
—Lo es —respondí—. Y no termina ahí.
Le pedí que contratara la mejor enfermera privada que hubiera y que me reservara una suite en el hotel más caro de la ciudad. No iba a regresar a mi casa a esperar que mis hijos aparecieran con llaves, culpas fingidas y ganas de adueñarse de todo bajo pretexto de cuidarme. Iba a sanar en territorio neutral, con aire limpio, sábanas buenas y reglas mías.
Firmé el nuevo testamento con la mano temblando por el cansancio y por la emoción salvaje que me corría por dentro. Cada firma fue como ponerle candado a una puerta distinta. Cuando terminé, Morales estampó el sello. El documento quedó armado, legal, pulido y cruel en la medida exacta.
Salí de la notaría sintiendo que el pecho seguía doliendo, sí, pero ya no por abandono. Ahora ardía de otra cosa: control recuperado.
El hotel Gran Imperio olía a madera encerada, flores blancas y dinero viejo. El gerente me recibió con esa mezcla de servilismo y prisa que solo existe en los lugares donde la gente cree que la riqueza cura hasta la soledad. Me instalaron en una suite amplia, con ventanales que daban a la ciudad entera. Yo, Hortensia, que dormí años en un catre detrás de una ferretería, tenía ahora un comedor de caoba, sábanas suaves y un baño de mármol que parecía iglesia moderna.
La enfermera privada llegó esa misma tarde. Se llamaba Verenice. Tendría unos cincuenta años, postura de militar y manos profesionales. No me hizo preguntas imbéciles. No me habló como si yo fuera niña ni reliquia. Revisó mis medicamentos, mi presión, mi cicatriz, mis horarios. Se movía con precisión y respeto.
—Mi trabajo es que usted no haga nada que pueda lastimarla —me dijo—. El suyo es recuperarse.
Asentí. Por primera vez en semanas sentí que alguien me veía como persona y no como carga o caja fuerte.
Pasé cuatro días sin encender mi celular. Quería que sudaran. Quería que el silencio les cayera encima como yo había soportado el mío en el hospital. Cuando por fin lo prendí, vibró sin parar. Tenía decenas de llamadas perdidas, mensajes, audios, preguntas, reclamos. Los primeros eran de enojo. “¿Dónde estás?” “¿Cómo se te ocurre irte sola?” “Fui a tu casa y no estabas.” Luego vino la preocupación social. “Mis amigas preguntan por ti.” “Los vecinos vieron que no llegaste.” Después, el miedo verdadero, no por mí sino por sus bolsillos. “Julián fue a la ferretería y don Ramón no quiso abrir.” “El banco no autoriza movimientos.” “Tu tarjeta no pasó.” “¿Qué está pasando?”
Leí todo con una calma que me hubiera parecido imposible un mes antes.
No respondí nada.
Solo llamé a don Ramón para avisarle que si cualquiera de mis hijos se aparecía por el local, se hiciera el ciego, el sordo y el patrón.
—Usted mande, doña Hortensia —me dijo—. A esos no les doy ni agua.
El quinto día recibí llamada de Morales.
—Ernesto salió de mi oficina hace diez minutos —me dijo, y yo pude imaginarlo furioso, con las orejas rojas—. Exigió saber dónde estás. Insinuó secuestro. Quiso ver el testamento.
—¿Y?
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