Su hijo, el Vicealmirante Leo Mondragón, es uno de los comandantes navales más importantes del país. Lideró la fuerza que protegió nuestras aguas territoriales. Es respetado por el Pentágono y por Naciones Unidas. Es uno de los mejores estrategas que tiene México.
Las piernas de Don Arnulfo temblaron.
El hijo que expulsó de casa.
El hijo que humilló frente a todos.
El hijo que sentó con los choferes…
Era admirado por generales y por el Presidente.
Se acercó a Leo, con la voz quebrada.
—Leo… h-hijo… ¿eres Almirante?
Leo lo miró.
No había rencor en sus ojos.
Solo una profunda tristeza.
—Sí, papá —respondió—. No tengo empresas ni fortunas.
Pero llevo algo que tu dinero nunca pudo comprar: el honor de nuestro apellido.
—Perdóname… —sollozó Don Arnulfo, intentando tocarlo.
Leo dio un paso atrás.
—Ya me voy. Me alegra haber visto a Rico casarse. Felicidades.
Se giró hacia el Secretario.
—Vamos.
El Vicealmirante Leo Mondragón salió del salón, escoltado por el Secretario de Defensa y el Estado Mayor.
Dejó atrás a un padre consumido por el arrepentimiento y a unos invitados que, en silencio absoluto, miraban con respeto al antiguo oveja negra…
que había resultado ser un Águila del Mar.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»