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LO HUMILLÓ SU PROPIO PADRE EN LA BODA DE SU HERMANO POR “NO HABER LOGRADO NADA”

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PERO QUEDÓ HELADO CUANDO EL SECRETARIO DE DEFENSA LO SALUDÓ Y LO LLAMÓ “ALMIRANTE

Para la familia, Leo Mondragón siempre fue la oveja negra.
Diez años atrás, se fue de casa tras enfrentarse a su padre, Don Arnulfo Mondragón, un poderoso empresario acostumbrado a mandar y a medir el valor de las personas solo con dinero y poder.

Leo no quiso seguir el negocio familiar.
Eligió servir a su país.

Para Don Arnulfo, aquello era una vergüenza.

“En el ejército no hay dinero”— decía.
“Eso no es futuro”.

Hoy era la boda de Rico, el hijo ejemplar, el orgullo de la familia.

Leo volvió solo para asistir a la ceremonia.

Llegó al hotel vestido con un guayabera blanca sencilla, sin reloj caro, sin escoltas, sin coche propio. Tomó un taxi común y entró al salón con paso tranquilo.

Apenas cruzó la puerta del gran salón, Don Arnulfo lo detuvo frente a todos.

—¿Qué haces aquí? —espetó el padre, mirándolo de pies a cabeza con desprecio—. Te ves fatal. Pareces chofer. ¡Me avergüenzas delante de mis invitados! Aquí hay senadores, generales retirados y empresarios importantes.

—Papá… es la boda de mi hermano. Solo vine a felicitarlo —respondió Leo con voz calmada.

—¿Felicitarlo? ¿O vienes a pedir dinero? —se burló Don Arnulfo—. Siéntate allá atrás, en la mesa del fondo. Con los choferes y las niñeras.
Ni se te ocurra acercarte a la mesa principal. No quiero que nadie sepa que tengo un hijo… que no llegó a nada.

Leo bajó la mirada.

—Sí, papá.

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