Me alejé sin mirar atrás. El camino se extendía ante mí, abierto y tranquilo.
La voz de Marina susurró en mi cabeza, suave como siempre: «Déjame ir, mi amor. Está bien dejarlo ir».
Y por primera vez…le creí.
El viaje de regreso fue diferente al de ida, como si la propia carretera se hubiera movido bajo mis neumáticos.
Cuando salí de casa esa mañana, llevaba en igual medida el miedo y el deber, convencido de que algo trágico me esperaba al final del camino.
Ahora llevaba algo más extraño: claridad.
No el tipo agudo y justo que alimenta la confrontación, sino el tipo silencioso que se instala en los huesos.
Durante cinco años confundí la obligación con el amor.
Yo creía que si seguía enviando ese dinero, Marina de alguna manera lo vería, lo aprobaría y me perdonaría por haberla sobrevivido.
Cada traslado había tenido menos que ver con Clara y más con mi propio dolor inacabado.
Nunca cuestioné las actualizaciones sobre “visitas al médico” o “reparaciones” porque no quería cuestionarlas.
La duda me habría obligado a afrontar una verdad más dura: que mi conexión con Marina no podía mantenerse a través de una transacción bancaria mensual.
Cuando finalmente llegué a mi apartamento, el silencio dentro parecía menos sofocante de lo habitual.
El mismo sofá. La misma foto enmarcada de Marina en la estantería. El mismo ligero aroma a vainilla que a veces perduraba en la memoria más que el aire.
Pero algo había cambiado.
Dejé mi bolsa de lona y caminé directamente hacia el escritorio donde guardaba documentos viejos, cartas y la pequeña caja de madera que contenía las joyas de Marina.
Dentro de esa caja estaba el anillo que nunca tuve el valor de mover.
Durante años me dije a mí misma que no estaba lista para cambiar nada, que preservar su espacio significaba preservar su presencia.
Pero estando allí esa noche, me di cuenta de que había estado preservando mi culpa.
A la mañana siguiente, llamé a mi banco y cancelé oficialmente la transferencia recurrente.
El representante me preguntó si quería dejar una nota en la cuenta.
—No —dije con calma—. Ya está controlado.
Manejado no significa sin dolor.
Clara llamó dos veces durante la semana siguiente.
Dejé que la primera llamada fuera al buzón de voz.
La segunda vez respondí.
Ella no gritó. Ella no acusó.
Su voz sonaba más pequeña que en aquella casa de color amarillo brillante.
"Nunca quise hacerte daño", dijo.
—Lo sé —respondí. Y lo decía en serio.
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