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Le daba vergüenza traer a su esposa, así que llevó a su secretaria.

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Riveros se hizo a un lado y le hizo un gesto a Javier.

“El señor Mendoza tiene algunas palabras”, dijo.

Los ojos de Sofía se dirigieron a Javier, midiéndolo.

Javier se acercó al micrófono.

No sonrió como un político.

Él no actuó.

Él habló claramente.

“Solía ​​creer que el éxito se debía a la apariencia en lugares como este”, dijo. “Estaba equivocado”.

La habitación quedó en silencio.

Él tomó aire.

“Yo también creía que mi esposa no pertenecía a habitaciones como esta”, continuó. “Y esa fue la mayor estupidez que he creído jamás”.

Un murmullo recorrió la multitud: conmoción, interés, incomodidad.

Javier no se inmutó.

Se giró hacia Sofía.

“Esta noche no estoy aquí como la cara de nada”, dijo. “Estoy aquí como el hombre que aún está aprendiendo a merecer a la mujer que está a mi lado”.

Hizo una pausa.

“Esta no es 'mi esposa'”, dijo con claridad. “Es  Sofía Mendoza, Educadora del Año, fundadora y la razón por la que miles de niños tendrán libros en sus manos este año”.

Silencio.

El tipo de silencio que no es incómodo.

El tipo que significa que la gente no tiene nada lo suficientemente inteligente que decir.

Luego hubo un aplauso más fuerte que la primera vez.

Sofía parpadeó, sorprendida por lo fuerte que le golpeó el pecho.

Riveros se inclinó hacia ella y susurró: “Así es como suena el verdadero cambio”.

Sofía se adelantó hacia el micrófono.

Ella no habló de traición.

Ella no habló de escándalo.

Ella habló sobre niños. Maestros. Futuros.

Y cuando terminó, la sala quedó en pie.

Cuando terminó la gala, el teléfono de Javier vibró: el trabajo, siempre el trabajo, intentando robárselo de nuevo.

Miró la pantalla.

Luego lo apagó.

Sofía se dio cuenta y levantó una ceja.

Javier le tomó la mano.

—Esta noche no —dijo en voz baja—. Esta noche estoy donde se supone que debo estar.

Sofía lo estudió durante un largo rato.

Luego le apretó la mano, sólo una vez.

No perdón.

No es un cuento de hadas.

Pero algo real.

Una elección.

Y juntos salieron del salón de baile, pasaron la escalera, pasaron la vieja versión de su vida, hacia algo que estaban construyendo con los ojos abiertos.

El fin.

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