Mariana se fue a casa de sus padres. Tomás pidió permiso para venir un domingo. Catalina preparó mole, arroz rojo y agua de jamaica, como si fuera cualquier comida familiar, aunque los tres sabíamos que no lo era.
Tomás llegó más delgado. Parecía haber envejecido años en meses.
Apenas entró, abrazó a Catalina.
—Perdóname, mamá.
Ella cerró los ojos.
—Ya te perdoné, hijo. Pero necesito que entiendas algo: no me dolió solo caerme. Me dolió verte ahí, quieto, como si mi vergüenza fuera menos importante que la paz de tu esposa.
Tomás lloró.
—Siempre supe que estuvo mal.
—Entonces no vuelvas a quedarte callado cuando alguien humille a quien amas.
Comimos despacio. Nadie mencionó el dinero hasta después del café.
—Papá —dijo Tomás—, no vengo a reclamarte nada. Perdí la casa. Perdí el depósito. Perdí mi matrimonio. Pero entiendo que no fuiste tú quien empezó esto.
—Yo tampoco me arrepiento —le dije—. Te quiero, pero no iba a financiar una vida construida sobre la humillación de tu madre.
Asintió.
—Lo sé.
En noviembre, Tomás inició el divorcio. Mariana primero exigió pensión, reembolso de gastos de boda y hasta parte de sus ahorros, aunque el matrimonio no había durado ni un año. Después, cuando el video volvió a circular y algunos amigos comenzaron a alejarse, su abogado cambió el tono. En enero retiró casi todas sus exigencias. En marzo firmaron.
Tomás se mudó a un departamento pequeño en la colonia Narvarte. Tenía una mesa, dos sillas y un colchón nuevo. Catalina insistió en llevarle sábanas, trastes y una olla de presión.
—Mamá, no tienes que hacer esto —dijo él.
—Lo sé. Por eso cuenta más.
En diciembre, antes de que el divorcio terminara, me diagnosticaron cáncer de próstata en etapa temprana. El doctor dijo que era tratable, que lo detectamos a tiempo.
Esa noche llamé a Tomás.
Llegó sin que se lo pidiéramos. Se quedó hasta tarde, sentado conmigo en la sala. No hablamos de Mariana ni de la boda. Hablamos de fútbol, de su trabajo, de cuando era niño y creía que los Reyes Magos vivían en la azotea.
Al día siguiente le dije que estaba actualizando mi testamento.
—Sigues incluido —le expliqué—, pero cualquier herencia irá a un fideicomiso. Será solo tuya. Nadie, ninguna futura pareja, podrá tocarla.
Tomás no se ofendió.
—Lo entiendo, papá.
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