—Tomás eligió no hacer nada.
—Eres vengativo.
—Soy esposo.
Me levanté antes de que terminara su café.
Ese mismo día, Tomás llegó a mi casa sin avisar. Traía la barba crecida y la camisa arrugada. Catalina estaba en la cocina. Yo lo dejé pasar.
—No vengo a pedir dinero —dijo.
—Entonces habla.
Se sentó en la sala. Tenía los ojos cansados.
—Mariana no es mala persona.
No respondí.
—Cuando siente que pierde el control, se vuelve otra. Desde temprano estaba convencida de que mamá quería robarle atención. Yo sabía que era absurdo, pero no hice nada. Pensé que se le pasaría.
—Y no se le pasó.
Negó con la cabeza.
—Cuando empujó a mamá, me quedé helado. Supe que estaba mal. Supe que tenía que correr con ella. Pero vi a Mariana furiosa, vi a todos mirando, y… elegí apagar el incendio equivocado.
Catalina apareció en la entrada de la cocina. Tomás se levantó.
—Mamá…
Ella no se acercó.
—Te escucho.
Él bajó la cabeza.
—Perdón. Perdón por no ayudarte. Perdón por hacerte sentir que valías menos que el berrinche de Mariana.
Catalina se cubrió la boca. Lloró en silencio.
—Eso era lo que necesitaba oír de ti —dijo.
Por un momento pensé que algo podía cambiar.
Me equivoqué otra vez.
Tres días después, Mariana llamó a Catalina. Mi esposa me lo contó con la voz plana.
—Me dijo que aceptaría perdonarme si yo reconocía que la saboteé en su boda.
Sentí que la sangre me hervía.
Entré al banco y cerré otro fondo: 900 mil pesos que había apartado para futuros nietos de Tomás. Lo regresé a mi cuenta principal.
No se lo dije.
El viernes, Tomás llamó.
—Perdimos la casa.
Me quedé quieto.
—Lo siento.
—No, no lo sientes. Tú lo causaste.
—Mariana lo causó.
—Vamos a vivir con sus papás. En su cuarto de adolescente. ¿Entiendes la humillación?
—Sí. Catalina también entiende de humillaciones.
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