En el estacionamiento, Catalina por fin habló.
—Me empujó, Ramón.
—Lo sé.
—Me puso las dos manos aquí —dijo, tocándose los hombros—. Me dijo que este era su día y que yo tenía que hacerme a un lado.
La ayudé a subir al coche. El barro manchó el asiento de piel, pero no me importó.
Mientras manejaba hacia el hotel en el centro de Cuernavaca, pensé en los últimos 18 meses. Mariana corrigiendo a Catalina en cada comida. Mariana burlándose de sus recetas. Mariana diciendo que nuestra casa parecía “de telenovela vieja”. Mariana separando a Catalina de la mesa familiar durante la pedida de mano. Y Tomás siempre diciendo lo mismo:
—Mamá exagera. Mariana está estresada.
Yo también quise creerlo.
Me equivoqué.
Al llegar al hotel, Catalina entró directo al baño. Escuché la regadera abrirse. Me senté en la cama, saqué el celular y abrí la aplicación del banco.
Había una cuenta que Tomás no conocía.
Durante cinco años puse dinero ahí para ayudarlo sin hacerlo sentir menos. Reparaciones de coche. Tarjetas de crédito. Un préstamo que nunca le cobré. Y, sobre todo, el enganche de la casa que él y Mariana iban a firmar el viernes siguiente en Querétaro.
Un millón doscientos mil pesos estaban programados para transferirse el lunes.
Además, yo había pagado casi todo lo de la boda: fotógrafa, flores, transporte, la tornaboda, la mejora de la suite de luna de miel. Mariana no lo sabía porque Tomás me pidió que no se lo dijera. Decía que a ella le incomodaba hablar de dinero.
Lo que tampoco sabían era que todos los contratos estaban a mi nombre.
Primero llamé a mi asesor financiero.
—Ricardo, cancela la transferencia del enganche.
Hubo silencio.
—Ramón, ¿estás seguro? Sin eso pierden la casa.
—Estoy seguro.
Después llamé a la fotógrafa.
—Ángela, no entregues ninguna foto a los novios. Yo soy el cliente en el contrato.
—Señor Delgado, Mariana ya me escribió tres veces…
—Lee el contrato.
Luego llamé al florista. Al hotel. A la empresa de transporte. A cada proveedor que yo había contratado.
Cancelé lo que pude cancelar. Detuve lo que pude detener. Cerré la llave de todo lo que salía de mi bolsillo.
Cuando Catalina salió del baño con una bata blanca y los ojos hinchados, me miró el celular.
—¿Qué estás haciendo?
—Recuperando lo que es mío.
—Ramón…
—No voy a financiar a alguien que te empujó al lodo y se rió.
Ella se sentó a mi lado. Tardó en hablar.
—Tomás te va a odiar.
—Tal vez.
—Puedes perderlo.
La miré, todavía temblando.
—Lo perdí cuando vio a su madre en el suelo y decidió abrazar a la mujer que la empujó.
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