—Nunca pensé usarlo. Quería creer que podía irme sin sacar ese tema. Pero ayer, cuando vi la cara de don Ricardo al escucharme mencionar que había cosas que yo sabía… entendí que ese miedo les pesa más que el escándalo social.

—Como buenos ricos de mentira —murmuró Eva, desayunando pan de azúcar a puños—. Les da más miedo el SAT que Dios.

Sofía la señaló con la taza.

—Esta niña entiende la estructura del país.

A las nueve publicamos el comunicado. Seco, profesional, cortísimo.

En cuestión de minutos el teléfono volvió a explotar.

Sofía me lo quitó de las manos.

—No. Tú no entras a leer nada. Lo reviso yo.

Se quedó callada varios segundos.

—Ya están moviéndose. Reporteros buscando confirmar. Cuentas falsas insultándote. Dos amigas de tu suegra diciendo que estás inestable. Qué predecible.

—¿Puedo leer?

—No.

Y no me dejó.

Media hora después ya había enviado un correo formal al despacho jurídico de los De la Torre y otro a su asesor fiscal, copiándolo “por estricta transparencia”, según sus palabras. Yo la veía escribir y me daba una paz rara. Como si cada tecleo fuera una tabla puesta en el puente que me sacaría de ese pantano.

A eso de mediodía empezaron los mensajes francamente agresivos.

Devuelve el anillo, ladrona.

Ojalá nadie te vuelva a querer.

Te creímos decente.

No sabes con quién te metiste.

Se los enseñé a Sofía.

—Guárdalos todos. Son mis flores de cumpleaños.

Mi mamá cerró los ojos.

—Qué clase de personas…

—La clase que se siente con derecho a humillar y que, cuando una les responde, se ofende —contesté.

A la una de la tarde entró una llamada. Don Ricardo, según identificador.

Sofía respondió desde mi celular, puso altavoz y habló con la frialdad de un notario.

—Licenciada Mendieta al habla.

Se hizo un silencio pequeño. Luego la voz grave de don Ricardo.

—Necesito hablar con la señorita Reyes.

—Hablará conmigo.

—No la estoy amenazando, licenciada. Sólo quiero resolver esto con dignidad.

Sofía me miró, alzó una ceja y respondió:

—La dignidad se les ofreció anoche y la despreciaron. Ahora podemos hablar de rapidez, de discreción y de consecuencias. ¿Cuál de las tres le interesa más?

Mi papá casi sonrió.

Don Ricardo pidió reunión esa misma tarde en el despacho de su abogado en Polanco. Sofía aceptó ir sola.

—Ni se te ocurra acompañarme —me dijo en cuanto colgó—. Ese tipo de oficinas están diseñadas para intimidar. Sillones bajos, hombres caros, cuadros abstractos y café malo. Vas a quedarte aquí.

—Quiero verles la cara.

—Yo te la describo con lujo de detalle en la noche.

Le hice caso, aunque con rabia.

Pasamos la tarde a medio gas. Mi mamá hizo de comer por pura necesidad de sentir que algo en el mundo seguía su ritmo normal. Mi papá se puso a ordenar mis libros con un rigor casi militar. Eva se adueñó de mi cocina como si viviera ahí desde siempre. Y yo caminé del cuarto a la sala y de la sala a la cocina como una leona enjaulada.

A las seis y media sonó el timbre.

No era Sofía.

Era Álvaro otra vez.

VI

Esta vez no venía borracho. Venía deshecho.

No le abrimos, pero sí le hablé desde la puerta. Mi papá volvió a plantarse a un lado como una columna viva.

—Claudia —dijo apenas escuchó mi voz—. No voy a gritar, te lo juro. Sólo necesito que me escuches cinco minutos.

—Te escucho.

—Mi papá está con tu abogada. Mi mamá se volvió loca. Dice que te va a arruinar. Que te va a cerrar puertas. Que nadie va a quererte contratar. Pero yo… yo ya no quiero esto, Claudia. Ya no quiero nada de esto.

—Debiste pensarlo ayer.

—Lo pensé tarde, lo sé —dijo, y su tono ya no era suplicante sino desfondado—. Pero lo pensé. Y llevo todo el día pensando sólo en eso. En la cara de tu mamá. En la de tu papá. En la tuya. Nunca te había visto así. Como si ya no estuvieras conmigo.

Eso me heló.

—Porque ya no estoy contigo.

Hubo un silencio.

—Puedo irme —dijo de pronto—. Puedo salirme de la empresa, dejar la casa, empezar de cero. Te lo juro. Nos vamos a Guadalajara, a Mérida, a donde tú quieras. Trabajo de otra cosa. Lo que sea. Pero no me dejes solo con ellos.

Ahí estaba otra vez la verdad.

No me quería a mí. Quería una salida.

—No soy tu salvavidas, Álvaro.

—Eres lo único bueno que tenía.

—Y aun así me entregaste al matadero.

Del otro lado respiró fuerte.

—No sabía cómo pararla.

—Claro que sabías. Sólo no quisiste pagar el precio.

No respondió de inmediato.

Cuando lo hizo, su voz se había vaciado de orgullo.

—Tienes razón.

Esa vez sí le creí. No porque de pronto se hubiera vuelto noble, sino porque por fin estaba tan hundido que ya no le quedaba teatro.

—Pero te juro que te amé.

Miré la madera de la puerta. Pensé en el hombre del que me enamoré. En sus mensajes de madrugada, en nuestras conversaciones eternas en el coche, en los domingos de chilaquiles y películas, en la primera vez que me llevó flores a la oficina sin razón. Pensé también en todas las veces que minimizó, justificó, pateó para después, prefirió no incomodarse.

Uno no deja de querer en un minuto. Deja de confiar. Y sin confianza, el amor se vuelve un recuerdo con buena iluminación.

—Tal vez me quisiste a tu manera —dije—. Pero tu manera no me sirve. Tu manera deja sola a la mujer que dices amar cuando más te necesita.

Escuché un golpe leve, como de espalda resbalando por la pared hasta el suelo.

—No sé quién soy sin todo esto —murmuró.

—Ese ya no es mi problema.

Y en cuanto lo dije supe que era cierto.

No sonó cruel. Sonó sano.

En ese momento apareció otra voz en la escalera.

No era Estefanía esta vez, sino don Ricardo. Más sobrio, más peligroso.