El licenciado siguió leyendo:
—La casa ubicada en calle Reforma 412, Puebla. El taller mecánico Herrera e Hijo, con todo su equipo, herramientas, clientela y razón comercial. La camioneta Ford modelo 1998. Los dos terrenos en Atlixco, Estado de Puebla. Y la cuenta de ahorro número…
Leyó el número completo. Luego el monto.
—Con un saldo aproximado al día de su fallecimiento de un millón doscientos mil pesos.
El silencio fue brutal.
Escuché a mi madre inhalar como si se le hubiera clavado una espina.
Mi padre tardó en hablar.
—¿No le dejó nada… a su propio hijo?
El licenciado pasó la página.
—A mi hijo Eduardo Herrera López le dejo una carta, la cual deberá leerse en presencia del notario.
Sacó un sobre sellado y lo puso frente a mi padre.
Vi temblar sus dedos al abrirlo.
Primero leyó en silencio. Luego vi cómo su cara cambiaba de color: del blanco al rojo, del rojo al gris. Tragó saliva. Sus labios temblaron apenas.
—¿Qué dice? —preguntó mi madre, impaciente.
Mi padre tardó un segundo en encontrar la voz.
—Dice… dice que me deshereda porque yo desheredé a mi hijo primero.
Nadie se movió.
Él siguió, cada vez más pálido.
—Dice que un hombre que abandona a un muchacho de catorce años no merece heredar nada de nadie. Dice que yo ya recibí mi parte en vida porque él pagó mi universidad, mi boda y el enganche de nuestra primera casa. Que si intento pelear el testamento, tiene recibos, transferencias, documentos y una caja con pruebas para demostrarlo en cualquier juicio.
Mi madre le arrebató la carta. La leyó en silencio. La arrugó con furia.
—Esto es una venganza.
El licenciado la corrigió con frialdad:
—No, señora. Esto es un testamento.
—¡Ese viejo lo hizo a propósito!
—Le pido que no se refiera así al difunto en mi oficina.
—¡Puso a Rodrigo en contra nuestra!
Yo respiré hondo antes de hablar.
—No. Ustedes hicieron eso solos. El día que me empacaron como si fuera basura.
Mi madre me señaló con un dedo tembloroso.
—¡Teníamos razones! Eras difícil. Contestón. Desobediente. Siempre trayendo problemas.
—Tenía catorce años.
—Eras insoportable.
—Era un niño.
—¡Un niño que arruinaba el ambiente de la casa!
Ahí Sebastián habló por primera vez. Bajito, casi como si le diera miedo existir.
—Mamá…
Ella no lo oyó o fingió no oírlo.
—Nosotros hacíamos todo por ti y tú nunca supiste agradecer.
Me reí sin humor.
—¿Qué hicieron por mí? ¿Compararme? ¿Ignorarme? ¿Expulsarme? Dame ejemplos, porque me da curiosidad.
Mi padre cerró los ojos, cansado.
—Patricia, ya…
—¡No, Eduardo! ¡No me voy a quedar callada mientras este mocoso se queda con lo que nos corresponde!
El licenciado abrió otra carpeta.
—Tengo aquí las declaraciones de los testigos. El certificado del médico. Y además, don Manuel dejó un video grabado hace tres meses. ¿Desean verlo?
Nadie respondió. Pero tampoco se opuso.
Encendió la laptop y giró la pantalla.
Ahí apareció mi abuelo sentado en su sillón verde. Más delgado que antes, sí. Más cansado. Pero con esa mirada afilada que no admitía tonterías. Traía una camisa a cuadros y las manos apoyadas sobre el bastón.
Habló directo a la cámara.
—Eduardo, si estás viendo esto es porque ya me morí y ya vienes a pelear dinero. Te conozco. Y si tu esposa está ahí, peor.
Mi madre soltó un jadeo indignado. El licenciado subió apenas el volumen.
—Escúchame bien. Rodrigo me cuidó seis años. Me llevó al doctor. Me cocinó cuando ya no podía. Me aguantó cuando me puse necio. Abrió el taller conmigo, cerró el taller conmigo, y nunca me dejó solo. Tú no llamaste ni en Navidad. Ni una sola vez. Así que no vengas ahora a hacerte el hijo.
Mi padre tenía la cabeza baja.
Mi abuelo siguió:
—Rodrigo es mi hijo más que tú, porque el hijo no es solo el que nace, también es el que se queda. Lo que es mío, es de él. Y si quieres pelear, pelea. Pero te vas a quedar sin dinero y sin dignidad, porque yo me aseguré de que así sea.
El video terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Fue uno de esos silencios que cambian la forma de respirar en un cuarto.
Luego mi madre, roja de furia, se levantó de golpe.
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