—Nos vamos —dijo Camila.
Tomó la mochila de Lucía con una mano y la mano de su hija con la otra, pero Alejandro se colocó frente a ellas sin tocarlas.
—Mi camioneta está afuera.
—No voy a subirme a tu camioneta.
—Hay una amenaza en el edificio.
—Viví 6 años sin tus camionetas, sin tus escoltas y sin tu apellido, Alejandro.
La frase le cayó como una cachetada.
Él no respondió.
Miró a Lucía, que ya tenía los ojos llenos de miedo.
—¿Estamos en peligro? —preguntó la niña.
Camila se agachó rápido.
—No, mi amor. Solo vamos a salir con calma.
Alejandro también se agachó, dejando espacio para que Camila pudiera detenerlo si quería.
—El edificio tiene un problema. Y cuando un edificio tiene un problema, la gente sale despacio, sin correr y sin gritar.
Lucía respiró hondo.
—Como en los simulacros.
—Exactamente.
La niña tomó la mano de su mamá.
Luego, sin pensarlo, tomó la de Alejandro.
Los 2 adultos se quedaron paralizados.
—Entonces caminen —ordenó Lucía—. La maestra dice que el pánico lo arruina todo.
Nadie se atrevió a soltarla.
Salieron por la cocina, entre meseros temblando y cocineros apagando estufas. Afuera, la lluvia convertía la calle en un espejo oscuro, lleno de luces y sirenas lejanas.
Alejandro señaló una cafetería dentro de un edificio cercano.
—Lugar público. Cámaras. 2 salidas. Tú escoges la mesa.
Camila odiaba que sonara razonable.
Odiaba más ver a Lucía temblando de frío.
—5 minutos —aceptó.
En la cafetería, Lucía pidió chocolate caliente y papas porque, según ella, “los sustos dan hambre”. Camila eligió una mesa cerca de la puerta. Alejandro dejó a sus escoltas afuera, visibles, pero lejos.
Durante varios minutos nadie dijo lo importante.
Lucía siguió coloreando el astronauta.
Alejandro la ayudó a cruzar el laberinto.
Camila los miró con un nudo en la garganta, porque era injusto que un hombre ausente tuviera manos tan cuidadosas con una niña que acababa de conocer.
Al fin, él habló.
—¿Por qué no me dijiste?
Camila apretó la taza.
—Sí te dije.
Alejandro levantó la mirada.
—No.
—Fui a tu oficina cuando tenía 3 meses de embarazo. Me recibió Mauricio Salcedo, tu abogado. Me dijo que estabas en Veracruz, que no querías verme y que si insistía me acusarían de querer sacarte dinero.
La mandíbula de Alejandro se tensó.
—Mauricio jamás me informó eso.
Camila sacó de su bolsa una copia vieja, doblada muchas veces.
—También me dio esto.
Era una hoja membretada de Vallejo Logística.
Una supuesta renuncia voluntaria de contacto.
Al final aparecía la firma de Alejandro.
Él la tomó.
La miró apenas 2 segundos.
—Esta no es mi firma.
Camila se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Es una imitación. Buena, pero falsa.
Lucía levantó la cara.
—¿Alguien escribió tu nombre sin permiso?
—Sí —respondió Alejandro—. Y eso es muy grave.
Entonces Lucía abrió su mochila para guardar los crayones.
De entre sus cuadernos cayó un gafete plastificado, mojado por la lluvia.
Camila se puso blanca.
—Eso no es nuestro.
Alejandro lo levantó.
Tenía el logo de su empresa.
Y una fecha reciente.
De esa misma semana.
En la parte de atrás, escrito con plumón negro, había una frase:
“Si la niña llega hasta él, todo se acaba.”
Camila sintió que el cuerpo se le congelaba.
—Alguien la estaba siguiendo…
Alejandro miró hacia la calle.
—Esto no empezó hoy.
En ese momento, Camila recordó algo que le revolvió el estómago.
Antes de entrar al restaurante, un hombre con chamarra negra había chocado contra ellas en la banqueta. Lucía casi se cayó. Él pidió perdón demasiado rápido y desapareció entre la lluvia.
Camila abrazó a su hija.
—No me la vas a quitar.
Alejandro la miró dolido.
—No vine a quitarte nada. Vine a entender por qué me robaron 6 años.
Lucía, confundida, susurró:
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