—¡Sorpresa! —gritó Lía, apareciendo detrás de una silla.
Emma sonreía, orgullosa pero algo nerviosa.
—Queríamos que tuviera una Navidad de verdad.
Mariana se llevó las manos a la boca. Las lágrimas llegaron tan rápido que ni siquiera intentó ocultarlas.
—No llore —dijo Lía, alarmada—. ¿No le gustó?
—Me encantó —respondió Mariana entre sollozos y risa—. Por eso lloro.
Mark se acercó y le limpió una lágrima con el pulgar. El gesto fue tan íntimo que a Mariana le tembló el corazón entero.
Prepararon una cena mejor de lo que parecía posible con tan poco: frijoles, carne seca, tortillas recién hechas, café, un frasco de miel que Mariana guardaba hacía meses para una ocasión especial y que por fin encontró su destino. Comieron hasta sentirse llenos no sólo de comida, sino de presencia.
Antes de empezar, Lía pidió hacer una oración. Mark pareció vacilar. Mariana notó la sombra de Elena cruzarle el rostro. Aun así, asintió.
Lía cerró fuerte los ojos.
—Gracias, Diosito, por mandarnos a la tía Mariana para salvarnos del frío. Y gracias por mandarnos a nosotros para salvarla a ella de estar solita. Amén.
Nadie habló durante varios segundos. A veces la verdad llega en boca de quien todavía no sabe disfrazarla.
Después de cenar, Mark llevó a Mariana al pequeño porche. La tormenta había pasado. El cielo estaba limpio y tan lleno de estrellas que parecía rajado de luz. El aire mordía, pero ya no con crueldad, sino con esa claridad propia de las noches en que todo parece recién hecho.
—Felices fiestas —murmuró él.
—Felices fiestas.
Se besaron otra vez bajo el cielo de diciembre, y por un momento Mariana se permitió algo que había considerado más peligroso que la nieve, más traicionero que la esperanza: imaginar un futuro.
Pero toda dicha verdadera cobra su precio en cuanto uno empieza a creer en ella.
A la mañana siguiente, el cielo amaneció limpio. El camino seguía difícil, pero ya era transitable. Mark se levantó con la resolución de un hombre que conoce su deber antes que su deseo. Encontró a Mariana junto al fuego.
—Tengo que regresar hoy —dijo.
Ella sintió un vacío helado abrirse en el centro del cuerpo, pero mantuvo la voz firme.
—Claro. Su casa lo necesita.
—Y yo… —Mark se detuvo, como midiendo cada palabra—. Quiero que esto no termine aquí.
Mariana se aferró a la taza.
—Las niñas preguntarán por usted —continuó él—. Yo también.
Ella sonrió con una serenidad tan falsa que a él le dolió verla.
—Estaré bien.
No era verdad, pero llevaba años perfeccionando la mentira.
Emma percibió el cambio enseguida. Mientras Mark preparaba las cosas para salir, la niña se acercó a Mariana y la miró con una intensidad casi adulta.
—No le gusta quedarse sola, ¿verdad?
Mariana quiso negar, pero ya estaba cansada de mentirse por dentro aunque siguiera mintiendo por fuera.
—A veces una se acostumbra.
—Acostumbrarse no es lo mismo que gustar —replicó Emma.
Aquello le atravesó el pecho.
Lía se abrazó a su cintura cuando llegó la hora de partir.
—No te vayas de nosotros.
Mariana tuvo que cerrar los ojos un segundo para no romperse ahí mismo.
Mark prometió volver en dos días. Lo dijo con honestidad. Lo dijo mirándola a ella, no sólo a las niñas. Pero el miedo ya había empezado su trabajo dentro de Mariana. El miedo viejo, venenoso, que le susurraba que aquello había sido un accidente hermoso, no una posibilidad real. Que una mujer como ella no entra sin dejar manchas en la vida de un viudo respetable. Que el amor sólo se acerca para señalarte mejor lo que vas a perder.
Los vio alejarse por el camino blanco hasta que se volvieron tres manchas oscuras entre la nieve y el sol. Cuando desaparecieron, cerró la puerta y la cabaña volvió a quedar muda.
Sólo que ahora el silencio no era paz. Era una herida abierta.
Los primeros dos días se sostuvo con la promesa. Arregló la mesa. Barrió. Encendió el fuego. Miró más veces de las necesarias por la ventana. Al tercer día, empezó a sentirse ridícula. Al cuarto, cabalgó hasta el pueblo por provisiones y allí terminó de caerse.
Dentro de la tienda general, dos mujeres hablaban junto al mostrador sin notar su presencia.
—Dicen que Mark Salinas pasó la Navidad en la cabaña de esa mexicana.
—La que huyó de su prometido.
—Esa mera. Qué vergüenza. Un hombre como él necesita una esposa decente, no una mujer marcada por el escándalo.
Mariana no esperó más. Salió con el rostro ardiendo y sin comprar nada. Las palabras la siguieron hasta la cabaña como perros flacos. Mujer marcada. No decente. No apropiada.
Al llegar, encontró una carta clavada en la puerta.
Por un instante el corazón le brincó de esperanza. Entró de prisa, la abrió con manos temblorosas y la leyó de un tirón.
Era una carta amable. Correcta. Respetuosa. Demasiado respetuosa.
Agradecía su hospitalidad. Informaba que las reparaciones avanzaban. Decía que Emma y Lía preguntaban por ella con cariño. Añadía que, cuando se sintiera cómoda, sería bienvenida en su casa.
No decía “te extraño”.
No decía “te necesito”.
No decía “te amo”.
No decía nada que se pareciera al hombre que la había besado bajo las estrellas.
Mariana la leyó tres veces y con cada lectura sintió más vergüenza de sí misma por haber imaginado otra cosa. Por haber confundido gratitud con amor. Por haberse permitido soñar que un hombre como Mark pudiera mirar a una mujer como ella y ver futuro en lugar de problema.
Esa noche, en un arrebato que luego no supo si fue rabia o defensa, tomó los adornos que habían hecho juntos y los fue echando al fuego uno por uno. El ángel de Emma, la estrella torcida de Lía, las cintas, las figuras talladas por Mark. Las llamas se los tragaron con una rapidez obscena. Mientras ardían, la cabaña olía a tela quemada y a despedida.
Mariana pensó que al borrar las huellas quizá podría volver a la vida de antes.
Pero no se vuelve intacta de algo que te mostró quién podías ser.
Los días siguientes fueron peores que cualquier Navidad en soledad, porque ya no estaba sola por costumbre, sino por pérdida. Había conocido el calor y ahora la ausencia tenía nombre, voz, risas, manos pequeñas, una armónica desafinada, unos ojos oscuros bajo un sombrero nevado.
Dejó de coser. Dejaba el café enfriarse en la taza. A veces se sorprendía poniendo cuatro platos por inercia. O giraba con una sonrisa al escuchar un ruido que resultaba ser sólo el viento.
Una noche, acostada sin dormir, entendió algo que le revolvió el alma.
Había pasado tres años creyendo que estaba castigándose por huir de Ricardo. Pero no era cierto. No se castigaba por haber huido. Se escondía por miedo a que volver a amar costara más que soportar la soledad. Había huido de Chihuahua para salvar el cuerpo. Luego había huido del pueblo para proteger la dignidad. Y cuando por fin el amor tocó su puerta cubierto de nieve, también había huido, aunque esta vez sin moverse de lugar. Huyó interpretando el respeto como rechazo. Huyó quemando las pruebas. Huyó antes de que la vida pudiera decidir por ella.
Se incorporó en la cama temblando.
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