La carta decía:
«Mamá, sé que a veces me porto mal y que no siempre te digo cuánto te quiero. Pero mientras estaba escribiendo esta tarea sobre lo que más valoro en el mundo, me di cuenta de que no es un objeto ni un sueño lejano. Es el café que tomas por la mañana mientras me miras desayunar, son las veces que me esperas despierta cuando se me hace tarde, es la forma en que siempre sabes cuando estoy triste aunque no diga nada.
La profesora nos pidió escribir sobre alguien que haga del mundo un lugar mejor. Yo escribí sobre ti. Porque, pase lo que pase, tú eres mi mundo. Gracias por ser mi mamá. Prométeme que no dejarás de sonreír, porque cuando sonríes, todo el mundo parece más brillante».
Me quedé allí, en silencio, mientras el sol de la tarde entraba por la ventana del aula, iluminando las palabras de mi hijo. Por primera vez en semanas, no sentí que el mundo se hubiera terminado. Sentí que él me había dejado una brújula, un último mensaje diseñado específicamente para sostenerme cuando el dolor fuera demasiado.
Salí del colegio con la carta apretada contra el pecho. El aire de la tarde se sentía distinto; ya no era solo vacío, era el recuerdo de un amor que, aunque él ya no estuviera físicamente, nunca se iría del todo.