En ese agujero infecto y olvidado de la mano de Dios, donde cualquier otra persona habría perdido la cordura, Isabela estaba forjando su coraza de acero. El dolor agudo de la traición le quemaba en el pecho como brasas al rojo vivo.
Pero el amor infinito por sus hijos no nacidos era un fuego muchísimo mayor, un fuego purificador. Mateo, ese sinvergüenza vestido de seda, creía haber enterrado su mayor y más sucio secreto bajo los gruesos muros de aquella cárcel, plenamente convencido de que una simple secretaria embarazada y arruinada jamás podría hacerle sombra a su nueva vida de lujos, yates y apellidos compuestos.
Pero se equivocaba de medio a medio. Vaya si se equivocaba. No sabía. El muy insensato, que la semilla que se planta en la más absoluta y cruel oscuridad, cuando está regada a diario por la sangre y la fe de una madre humillada, hecha unas raíces tan profundas y destructivas que acaban resquebrajando hasta los cimientos del palacio más arrogante.
La justicia divina siempre tiene sus propios tiempos, nunca se olvida de cobrar las deudas. Y el reloj de arena del karma acababa de dar la vuelta exactamente en el mismo instante en que Isabela asintió la primera y vigorosa patadita de sus pequeños en medio de aquella miseria absoluta.
Para entender verdaderamente cómo aquella mujer de fe inquebrantable y corazón de oro había terminado pudriéndose en un jergón de presidio, tiritando de frío y abrazada a su vientre abultado. Había que desandar el tortuoso camino de su propio calvario personal, un sendero empedrado como tantos otros en esta vida, con las mejores intenciones cristianas y la más absoluta, ciega y trágica devoción del corazón.
Isabella no era ni por asomo una criminal curtida en el vicio, ni mucho menos una mente maestra de las estafas financieras a gran escala. Era una simple muchacha de barrio obrero.
De esas mujeres de bandera que se levantan con el canto del gallo, se santiguan con devoción frente a la estampa desconchada de la Virgen María que adorna la cómoda de su habitación y se rompen el lomo trabajando de sol a soler una sola queja al cielo.
había entrado en la corporación de Mateo cuando el negocio apenas era un humilde proyecto familiar a punto de irse a pique por la mala gestión, poniendo orden en aquel caos burocrático con la precisión obsesiva de un relojero suizo y la paciencia infinita de una santa mártir.
Durante años de sacrificio silencioso, ella fue el auténtico motor invisible, el alma y el sudor que impulsaba el vertiginoso éxito de aquel hombre. Mientras Mateo se pvoneaba con aires de grandeza en las fastuosas cenas de gala del Madrid más exclusivo, colgándose sin pudor las medallas de los contratos
millonarios y codeándose con la flor inata de la alta sociedad, era Isabela, quien pasaba las largas y gélidas madrugadas de invierno en vela. Sola en la inmensidad de una oficina vacía, devoraba interminables balances contables bajo la luz mortesina y parpade de un flexo, con los ojos inyectados en sangre, las cienes latiendo de agotamiento y una taza de café negro y amargo como única y triste compañía.
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