—Acabas de rechazar el contrato más grande de la historia de la empresa.
—Sí.
—¿Tienes miedo?
Valeria sostuvo su mirada.
—Muchísimo.
La sinceridad desarmó a ambos.
—Pero tener miedo no cambia lo correcto.
Al llegar al lobby, Valeria se sentó en un sofá junto a una ventana enorme donde el sol de Miami rebotaba sobre los automóviles.
Buscó el correo de Sebastián Roldán y presionó llamar.
El hombre contestó después del segundo tono.
—Sebastián Roldán.
—Señor Roldán, soy Valeria Montiel, de Synkronix.
Hubo una pausa muy breve.
—Señora Montiel. Qué gusto escucharla.
—Hace meses me dijo que su puerta seguía abierta.
—Sigue abierta.
Valeria miró a Jimena, quien ya había abierto su libreta.
—Entonces necesito saber si también está abierta cuando la conversación debe empezar hoy, no en seis meses.
La voz de Sebastián cambió. Se volvió más precisa.
—¿El acuerdo con AeroImperial ya no está en curso?
—No.
—¿Puedo preguntarle por qué?
Valeria miró su mochila, la misma que había cargado al salir del avión.
—Porque me enseñaron quiénes son antes de que firmara.
Sebastián guardó silencio unos segundos.
—Señora Montiel, debo ser honesto. Uno de nuestros vicepresidentes viajaba ayer en el vuelo 709 de AeroImperial. Estaba en la fila cuatro.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Vio lo ocurrido?
—Lo vio todo. Esta mañana me llamó. Me dijo que observó cómo retiraban a una mujer de primera clase sin que ella levantara la voz, y que después descubrió que esa mujer era usted. Me dijo algo que no olvidé: “Si así conserva la dignidad cuando todos la están juzgando, imagina cómo dirige una empresa cuando todos dependen de ella”.
Valeria cerró los ojos durante un segundo.
—No necesito elogios, señor Roldán. Necesito números, condiciones y compromiso real.
—Entonces hablaré claro. Puentes del Cielo lleva meses estudiando Synkronix. Tenemos preparado un modelo contractual equivalente al de AeroImperial, con opciones de expansión a Latinoamérica y Asia. Si usted nos concede cuarenta y ocho horas, puedo poner una propuesta formal en sus manos.
—Tiene doce.
Sebastián soltó una risa incrédula.
—¿Doce?
—AeroImperial ya consumió suficiente tiempo de mi equipo.
Hubo otra pausa.
—La tendrá antes de medianoche.
Valeria colgó.
Tomás se dejó caer en el sillón de enfrente.
—¿Realmente puede hacerlo?
—Lo averiguaremos hoy.
Jimena miró el reloj.
—¿Y mientras tanto?
Valeria se puso de pie.
—Mientras tanto, vamos a comer. Nadie toma buenas decisiones con el estómago vacío.
A las once cuarenta y seis de la noche, en la habitación de su hotel, Valeria recibió un correo con el asunto:
Propuesta Formal de Asociación Estratégica: Puentes del Cielo – Synkronix.
Abrió el documento.
Leyó la primera página.
Luego la segunda.
Después se quedó completamente quieta.
El contrato base era por cinco mil millones de dólares.
Pero sus condiciones eran mejores.
Y al final del documento, como si Sebastián hubiera entendido sin que ella lo pidiera, aparecía una cláusula inédita: toda tecnología de Synkronix operaría únicamente en entornos institucionales sujetos a políticas auditables de atención digna, trato igualitario y revisión transparente de incidentes con pasajeros.
Valeria tomó el teléfono.
—Jimena, despierta a Tomás.
—¿Qué pasó?
Valeria volvió a mirar la cifra en la pantalla.
—Los cinco mil millones no desaparecieron.
—¿Entonces?
—Solo estaban esperando a que eligiéramos el lugar correcto.
PARTE 3: LA FIRMA QUE HIZO TEMBLAR A UNA AEROLÍNEA
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