Tras su marcha y el testamento
La pena se había apoderado de ella. La casa parecía vacía, demasiado grande, demasiado silenciosa. Tres días después, Claire regresó. Relajada, bronceada, casi con prisa. Ni una lágrima. Ni un momento de silencio. Ya estaba hablando del valor de la casa, del mercado inmobiliario, de lo que habría que vender.
Tras leer el testamento, heredó la casa. Todo lo demás ya estaba distribuido. Todo... menos una cosa: el viejo sofá de brocado color melocotón de la sala. Aquel donde pasaba las siestas de mi infancia, donde ahogábamos risas y donde compartíamos nuestros secretos.
"Todo vuelve a Léa ", dijo el abogado.
Claire se rió.
"Si lo quieres, tómalo rápido. Lo vendo".
El sofá y el descubrimiento
Así que me lo llevé. El sofá llegó a mi pequeño apartamento, cargado de recuerdos. Los niños saltaron sobre él, riendo. Esa noche, cuando todos dormían, me senté sola. Acaricié la tela... y sentí algo extraño.
Una cremallera. Oculta. Invisible hasta ahora.
Con manos temblorosas, lo abrí. Dentro: un paquete cuidadosamente envuelto. Sobres. Dinero. Y una carta.