Cuando los niños por fin se fueron a dormir, Mateo no aguantó más. Se sentaron frente a frente en la barra de la cocina. La misma barra donde ella revisaba las tareas escolares y hacía milagros con el presupuesto del mes.
—Hoy te vi —disparó Mateo, con la voz cargada de veneno.
Sofía no parpadeó.
—¿Dónde? —preguntó ella, sin alterar el tono.
—En el café del centro de Tlaquepaque. Te vi con él. Vi cómo te agarraba la mano, Sofía.
Mateo esperaba lágrimas, excusas, terror. Pero la actitud de su esposa fue más aterradora que cualquier ataque de pánico. Ella miró sus propias manos por un segundo y luego alzó la vista hacia él. No pidió perdón. No negó nada.
—Ya era hora de que abrieras los ojos a algo —respondió ella, con una frialdad quirúrgica.
—¿Qué diablos significa eso? —bramó Mateo, sintiendo que perdía el control.
Sofía se levantó despacio, caminó hacia el cajón de la alacena donde guardaban los documentos importantes y sacó un sobre manila grueso. Lo dejó caer sobre la barra, justo frente a él.
—Antes de que empieces a gritar y a hacerte la víctima, abre eso —ordenó ella.
Las manos de Mateo temblaban al abrir el sobre. Lo primero que vio fue una fotografía nítida de él mismo, saliendo del motel “Las Fuentes” abrazado de la cintura de Valeria, su amante más reciente. Debajo había decenas de capturas de pantalla, estados de cuenta subrayados, fechas de sus supuestos viajes a Monterrey y recibos de cenas que nunca ocurrieron. Todo su historial de 5 años de infidelidades estaba documentado con una precisión brutal.
Mateo se quedó mudo. Sintió náuseas. Levantó la mirada hacia su esposa, buscando alguna fisura en su expresión, pero el rostro de Sofía era una muralla de piedra.
Justo en ese instante de silencio sepulcral, el timbre de la casa sonó de golpe, con una insistencia violenta y desesperada que hizo eco en las paredes. Sofía no se inmutó. Levantó la vista de las fotografías esparcidas en la mesa, miró a Mateo con una calma que congelaba la sangre, y susurró: “Esa debe ser tu otra sorpresa”. Mateo tragó saliva, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies, incapaz de imaginar la tormenta que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
Los golpes en la puerta principal se hicieron más fuertes. Mateo no podía mover los pies. Sofía, con una lentitud que parecía calculada para torturarlo, caminó por el pasillo y quitó el seguro. Al abrir la puerta, la realidad le dio a Mateo la bofetada final.
Era Valeria. Llevaba un vestido ajustado, el rímel corrido por la lluvia y los ojos inyectados en llanto y furia. Pasó por un lado de Sofía como un vendaval y se plantó en medio de la sala.
—¡No me contestas el celular en 3 días! —gritó Valeria, señalando a Mateo, sin importarle que la puerta de los niños estuviera a unos metros—. ¡Me bloqueaste de todos lados! ¿Creíste que podías simplemente desaparecer?
Mateo sintió que la sangre se le drenaba del cuerpo. Quiso acercarse para callarla, para sacarla a rastras, pero sus piernas no respondían.
—Valeria, por el amor de Dios, vete de aquí. No es el momento —suplicó Mateo en un susurro patético, mirando de reojo a Sofía.
Valeria soltó una carcajada histérica. Metió la mano en su bolso y sacó un tubo de plástico, arrojándolo sobre el sofá.
—¡Estoy embarazada, Mateo! ¡Vas a ser papá otra vez!
El silencio que siguió a esa declaración fue tan denso que ahogaba. El tubo de plástico rebotó en los cojines y cayó al suelo. Mateo cerró los ojos, sintiendo el peso de su propia destrucción. Esperó el estallido de Sofía. Esperó que le lanzara un jarrón a la cabeza, que se abalanzara sobre Valeria, que gritara maldiciones y despertara a los vecinos.
Pero Sofía no hizo nada de eso. Se cruzó de brazos, apoyó el hombro en el marco de la puerta y miró a Mateo, no con celos, sino con la decepción más absoluta y terminal que un ser humano puede proyectar.
—Saca tu basura de mi casa —dijo Sofía, con una voz tan plana que lastimaba más que un alarido.
Mateo tomó a Valeria del brazo por la fuerza y la arrastró hacia la salida bajo la lluvia, mientras ella gritaba insultos que seguramente ya estaban siendo escuchados por las doñas del vecindario. Cuando por fin logró subirla a un taxi y regresó empapado al interior de la casa, encontró a Sofía de rodillas en la cocina. El sobresalto había hecho que derramara parte del pozole al intentar apagar la estufa, y ahora limpiaba el caldo rojo del piso de cerámica con un trapo.
La imagen de su esposa arrodillada, limpiando la mancha oscura en el suelo después de que su amante acababa de gritarle un embarazo en la cara, rompió a Mateo por completo. Se dejó caer de rodillas junto a ella, intentando quitarle el trapo.
—Déjame, yo lo hago. Perdóname, por favor, perdóname… —sollozó él.
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