Ese día, mi esposo fue de compras. Justo antes de que saliera por la puerta, le pedí que comprara compresas.
Una frase sencilla, pero que, en mi mente, ya presagiaba el escenario clásico:
mensajes de pánico, fotos borrosas tomadas frente al pasillo, dudas interminables.
Ya casi me había mentalizado para tener que explicar, comparar y tranquilizar. En resumen, para gestionar a distancia.
La sorpresa que lo cambia todo
Cuando llegó a casa, miré distraídamente las bolsas… y vi el paquete. El correcto.
Exactamente la marca y el modelo que siempre uso. Sin duda. Sin error.
Al principio, me reí, un poco incrédula.
Le pregunté cómo lo sabía.
Simplemente respondió que me había visto comprarlos tantas veces que lo recordaba.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Para él no fue nada. Para mí fue algo enorme.