Su mandíbula se tensó.
—Despachos de abogados. Notarías. Bancos.
Sentí que el aire se volvía denso.
Justo en ese momento, Raúl sacó un sobre grueso del interior del saco y lo deslizó sobre la mesa. La mujer lo tomó, lo abrió apenas, miró dentro y asintió. Luego ella sacó una carpeta de su bolso, se la entregó a él. Raúl la abrió, revisó algo y la guardó sin demasiada ceremonia.
Eso no era una cita.
Eso era una transacción.
—Lo ves —dijo Esteban.
Yo no respondí.
Porque sí.
Lo veía.
Y ojalá no lo hubiera visto.
Esteban metió la mano al saco, sacó su teléfono y lo puso frente a mí.
—Contraté a alguien —explicó—. No pensé que acabaría haciendo algo así en mi vida. Pero cuando empiezas a sentir que te están viendo la cara todos los días, la vergüenza cambia de forma.
Tomé el celular.
Había fotografías.
Raúl y la mujer saliendo de un edificio. En otra, sentados en una cafetería modesta, hablando con seriedad, sin tocarse. En una más, entrando a un estacionamiento. Fechas en una esquina. Tres semanas. Un mes. Diez días.
Amplié una imagen del edificio.
Sobre la puerta se leía: Despacho jurídico. Familia y patrimonio.
Sentí un latigazo en el pecho.
Familia.
Patrimonio.
No solo estaban acostándose.
Estaban preparando algo.
Le devolví el teléfono.
—¿Qué cree que están haciendo?