La miré.
Sí.
Me veía distinta.
No más joven. No milagrosamente recompuesta. No convertida en una versión fantástica de mujer empoderada de revista.
Me veía presente.
Eso era todo.
Presente en mi propia vida.
Esa noche, cuando todos se fueron y me quedé sola recogiendo platos, encontré mi celular sobre la mesa del comedor. Había varios mensajes, entre ellos uno de Raúl.
No lo abrí de inmediato.
Seguí guardando vasos.
Limpié migajas.
Apagué unas luces.
Solo al final me senté y lo leí.
Feliz cumpleaños. Espero que estés bien.
Sin explicación.
Sin nostalgia.
Sin manipulación.
Solo una frase breve.
Quizá porque ya no había nada más que decir.
Miré el mensaje unos segundos.
Luego bloqueé el teléfono y lo dejé boca abajo.
Salí al patio.
La noche estaba templada. Desde alguna casa vecina llegaba el sonido lejano de una canción vieja. Me senté en la misma silla donde, un año antes, había pensado que a mi edad ya no debía esperar grandes sorpresas.
Me equivoqué.
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