Fue casi hermoso ver el miedo abrirse paso en un hombre que llevaba días creyéndose dueño del tablero.
Caminó hacia mí rápido.
—Adriana —dijo entre dientes—. ¿Qué haces aquí?
Lo miré con una serenidad que ni yo sabía que tenía.
—Hola, Raúl.
—No es un buen momento. Podemos hablar después.
Negué apenas.
—No.
Eso lo desconcertó más que cualquier grito.
En ese momento Verónica se acercó.
—Raúl, ¿qué pasa?
Él dudó un segundo, demasiado.
—La conozco. Es Adriana.
No dijo “mi esposa”.
Solo mi nombre.
Eso bastó.
Verónica frunció el ceño, confundida.
—Pensé que…
—No te preocupes —la interrumpí con suavidad—. Es normal que no te haya explicado todo.
Raúl me lanzó una mirada de alarma real.
—Adriana, basta.
Pero ya era tarde.
Alguien golpeó una copa con una cuchara para llamar la atención. Una mujer que yo reconocí vagamente de una empresa proveedora sonreía hacia el grupo.
—¿Podemos tener un momento? —dijo.
Varias personas empezaron a voltearse.
Raúl se inclinó hacia mí.
—Lo que sea que vayas a hacer, no lo hagas aquí.
Lo miré de frente.
Por primera vez en años, no tuve miedo de su tono, de su desaprobación ni de su capacidad para hacerme sentir exagerada.
—Es exactamente aquí donde tiene que hacerse.
Di un paso hacia el centro.
La mujer de la cuchara me miró, descolocada. Alguien me acercó un micrófono por simple reflejo social, como si siguiera pensando que yo formaba parte del programa previsto.
Lo tomé.
Respiré.
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