Miré el celular lleno de fotos.
—Sí.
—Entonces podemos trabajar. Véngame a ver mañana. Traiga todo. Y escúcheme muy bien: no confronte a su esposo todavía.
—¿Por qué?
—Porque en el momento en que él sepa que usted sabe, va a acelerar sus movimientos. Usted necesita llegar primero a la parte legal.
Cerré los ojos.
Claro.
Llegar primero.
Por una vez.
—Entiendo.
—Abra una cuenta a su nombre si no la tiene. Proteja ingresos. Saque copias. No firme nada. No converse de dinero por teléfono. Y duerma algo, si puede. Mañana piensa mejor una mujer descansada.
Dormir resultó imposible.
Raúl se metió a la cama a medianoche, oliendo a jabón y a una colonia que yo ya no soportaba. Se acomodó a mi lado sin sospechar nada. Me dio las buenas noches con la voz pastosa del sueño. Yo fingí estar medio dormida.
No pegué el ojo.
Vi pasar la noche por la rendija de la cortina. Escuché ladrar perros en la calle. Oí a un camión repartidor detenerse de madrugada en la tienda de la esquina. Pensé en mi madre, muerta hacía dos años, y en lo que hubiera dicho si me viera así. Pensé en mis hijos. En la vergüenza social. En los amigos comunes. En la casa. En el dinero. En mi dignidad.
Y cada vez que el miedo amenazaba con aplastarme, recordaba otra cosa:
Raúl no sabía que yo sabía.
Esa era mi única ventaja.
A la mañana siguiente se comportó como siempre.
Camisa planchada. Café rápido. Beso en la frente.
—Nos vemos al rato.
Yo lo miré salir y pensé: No tienes idea de que ayer te vi besar a otra. No sabes que ya encontré tus papeles. No sabes que por primera vez en años voy un paso delante de ti.
Esperé a que se fuera.
Luego me vestí con cuidado, me recogí el pelo y manejé hasta el despacho de Aída Vargas.
Quedaba arriba de una oficina de seguros en una calle tranquila. Nada ostentoso. Un lugar sobrio, funcional. Había diplomas en la pared, una planta junto a la ventana y ese silencio particular de las oficinas donde la gente llega con problemas que no sabe nombrar sin romperse.
Aída Vargas era una mujer de unos sesenta años, cabello plateado, voz seca y ojos finísimos. De esas personas que no necesitan imponerse porque la vida ya les dio autoridad.
Me hizo sentarme, me ofreció agua y empezó a revisar las copias.