—Hazlo —respondió Esteban—. Pero vuelve a dejar todo en su lugar. Y Adriana…
—¿Sí?
—No lo enfrentes todavía.
Colgué.
Esperé unos minutos más, hasta estar segura de que Raúl seguía en el baño.
Luego fui al despacho.
Encendí la luz.
El olor a papel, tinta y polvo me recibió como algo conocido. Aquella habitación era modesta: un escritorio compartido, dos archiveros metálicos, una impresora vieja, repisas con carpetas etiquetadas por año. Era el tipo de sitio donde las familias guardan la parte aburrida de su vida. Todo eso que no sale en las fotos, pero sostiene las paredes.
Abrí el primer cajón.
Impuestos. Recibos. Pólizas.
Todo en orden.
En el segundo encontré algo que me hizo detenerme.
No era un gran documento alarmante. Era algo más sencillo y, por eso mismo, más perturbador: un estado de cuenta doblado dentro de una carpeta donde no correspondía.
Lo saqué.
Era del mismo banco donde teníamos nuestras cuentas principales.
Pero el número no lo reconocí.
Lo abrí.
Mi nombre no aparecía.
Solo el de Raúl.
No era una cuenta compartida.
Era una cuenta personal abierta sin decirme una sola palabra.
Sentí que el frío me subía del estómago a la garganta.
Revisé los movimientos.
Restaurantes.
Hoteles.
Una joyería.
Un cargo en Chapala.
Otro en una tienda de ropa masculina donde Raúl jamás compraba cuando salíamos juntos.
Las fechas cubrían tres meses.
Tres meses de vida paralela.
Respiré hondo y seguí buscando.
En una carpeta más gruesa, marcada como Documentos legales, encontré papeles nuevos. Al principio, escrituras y copias viejas. Luego, al fondo, una hoja impresa que no reconocí.
En la parte superior decía:
Resumen preliminar. Escenario de disolución conyugal.
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