El puente se extendía ante mí, infinito y abierto. El sol alcanzaba la altura justa para convertir el río en fuego. Seguí corriendo, la calidez de la luz me acariciaba el rostro, mi sombra se arrastraba tras mí: larga, firme, completa. Cada respiración era más suave que la anterior. Cada paso, más suave.
El pasado ya no me perseguía. Simplemente corría a mi lado, más silencioso ahora, sin peso.
Al acercarme a la mitad del puente, aminoré la marcha y miré el agua, cuya superficie relucía —oro ondulando sobre plata— como si el río mismo hubiera aprendido a perdonar. Por un instante, me quedé allí quieto y sin vigilancia.
Luego inhalé profundamente (aire limpio, aire libre) y sonreí.
La cámara lo seguía desde abajo, y el reflejo del amanecer convertía el río en una lámina de luz. El encuadre se desvanecía lentamente, el oro se disolvía en blanco, dejando solo el sonido de las olas y una respiración constante.
Paz al fin.