Intenté hablar, pero tenía la garganta seca.
—Mi hija —grazné.
"Está estable", dijo la enfermera. "Luchando con todas sus fuerzas. Igual que su papá".
El alivio me golpeó tan fuerte que casi lloré.
“¿Y Melissa?” pregunté.
La expresión de la enfermera cambió, sólo un instante, pero lo vi.
"Voy a llamar al médico", dijo.
Cuando el cardiólogo regresó, tenía un sobre.
—Tu esposa me pidió que te diera esto —dijo en voz baja—. Luego se fue.
Mis manos temblaron cuando lo abrí.
Papeles de divorcio.
Ya firmado.
Y una nota en la papelería del hotel.
Lo leí una vez y no podía respirar. Lo volví a leer y se me nubló la vista. Para la tercera vez, las palabras se me habían quedado grabadas como un hierro candente.
Yo era normal. Promedio. No lo suficientemente hombre.
Había conocido a alguien más, alguien exitoso. Alguien que podía darle la vida que merecía.
Ella salía para California esa noche.
Ella había retirado “su mitad” de nuestros ahorros: 23.000 dólares.
Y la frase que más me dolió, la que me revolvió el estómago:
La bebé está enferma. Puede que ni siquiera sobreviva. No puedo permitir que eso suceda.
Como si mi hija fuera una tormenta, ella podría simplemente conducir por ahí.
Como si el amor sólo valiera la pena cuando era fácil.
Me quedé mirando el papel hasta que las letras dejaron de parecer palabras y empezaron a parecer una prueba de que el mundo podía cambiar de rumbo en un solo día.
Quería gritar. Quería tirar el sobre contra la pared. Quería desaparecer.
Pero luego pensé en la UCIN.
De aquella pequeña niña luchando por cada respiración.
Y me di cuenta de que el dolor era un lujo que no podía permitirme.
Tenía que sobrevivir.
Porque ella me necesitaba.
Y yo era todo lo que le quedaba.
Las siguientes semanas fueron una mezcla de dolor y terquedad. Las enfermeras me bajaron en una silla para que pudiera sentarme junto a la incubadora. Aprendí el lenguaje de las alarmas y los niveles de saturación de oxígeno. Aprendí a celebrar los pequeños logros: un tubo menos, una noche más tranquila, una manita que se cerraba alrededor de mi dedo como un ancla.
La llamé Hope Elizabeth Wright, porque la esperanza era lo que me quedaba y con lo que quería que creciera.
Mi médico me dijo que la recuperación tardaría meses. Nada de trabajo. Nada de estrés. Descanso absoluto. Me reí, y la tos me partió el pecho.
¿Cómo descansas cuando toda tu vida está en llamas?
Mi jefe, William Okafor, vino al hospital con flores y una tarjeta firmada por el equipo de ingeniería. Me dijo que mi trabajo me estaría esperando. Que la empresa mantendría mi seguro médico activo.
Lloré delante de él: lágrimas feas e incontrolables.
Él no se inmutó. Simplemente puso una mano en mi hombro.
“Eso es lo que hace la familia”, dijo. “Y aquí somos familia”.
Hope permaneció en la UCIN durante cuarenta y un días.
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