Elena inhaló lentamente llenando sus pulmones de aquel aire acondicionado artificial. confesó que no lo estaba, pero que entraría de todas formas, porque su hijo merecía un futuro que no estaría construido sobre las cenizas del miedo de su madre. La sala de conferencias estaba rodeada de paredes de cristal en tres de sus lados, ofreciendo una vista panorámica de los rascacielos de la Ciudad de México, que parecían gigantes dormidos bajo la bruma.
En el centro, una larga mesa de obsidiana negra dominaba el espacio rodeado por sillas de cuero italiano. Sobre la mesa había botellas de agua mineral, carpetas legales etiquetadas, plumas de plata y ese tipo de silencio espeso y cargado que suele preceder a las tormentas más devastadoras. Alejandro Vega ya estaba allí sentado a la cabecera.
Era el magnate hotelero más joven y exitoso del país, el hombre cuyo rostro aparecía constantemente en las portadas de las revistas de negocios y en las galas de caridad más exclusivas de la sociedad mexicana. vestía un traje de color carbón que resaltaba su aire de poder y control absoluto. A su lado, sentada con una elegancia estudiada, estaba Beatriz Sandoval, su amante.
Beatriz llevaba un vestido de seda color crema pendientes de diamantes que capturaban la luz de la tarde y una confianza que parecía ensayada frente a un espejo mil veces. Su mano descansaba ligeramente sobre el brazo de Alejandro. como si quisiera dejar claro a todos los presentes que ahora él le pertenece a ella por derecho de conquista.
Cuando Elena entró en la habitación, el aire pareció succionarse de los pulmones de Alejandro. Él se puso de pie lentamente, como si estuviera viendo un fantasma. Margarita sacó una silla para Elena y ella se sentó directamente frente a su esposo, manteniendo a Nicolás estrechamente contra su pecho, protegiéndolo de la frialdad de aquel entorno.
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