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El niño roto detiene la ira

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Ya no sentía las piernas.

 

Nunca.

—No podrás caminar —dijo el médico.

Sin emoción.
Como un hecho.
Como un veredicto.

No fue solo su camino el que murió ese día.

Ese día murió el viejo él.

Primero, está el dolor.

Luego, la ira.

Luego, el vacío.

Dejó de hablar.

Dejé de salir.

Dejé de mirar a la gente a los ojos.

Desapareció.

Aunque seguía respirando.

Y ahora…

Él estaba aquí de nuevo.

La multitud no entendió.

– ¿Qué está haciendo?
– ¿Quién lo dejó entrar?
– Esto es una locura…

Su madre permanecía a un lado.

Pálido.

Roto.

Ella conocía esa mirada.

Ella le tenía miedo.

Ilya se detuvo.

Justo enfrente de Burevia.

La bestia lo notó de inmediato.

Afilado.

Instantáneamente.

Resopló.

Golpea con su casco.

Se levantó polvo.

Y se lanzó hacia adelante.

Alguien gritó.

¡Llévenselo!

Los guardias de seguridad se pusieron de pie rápidamente.

Los entrenadores palidecieron.

Alguien se dio la vuelta.

Pero Ilya…

No se movió.

Ni un centímetro.

No tenía nada.

Sin látigo.
Sin brida.
Sin protección.

Solo ojos.

Él miró.

No sobre el cuerpo.

No por la fuerza.

No es una amenaza.

En los ojos.

Y en esos ojos vio algo que nadie más había visto.

 

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