Margaret se acercó más, sin amenazarla, simplemente con honestidad.
“No le llevo esa comida a casa porque soy glotona”, dijo. “La llevo porque se siente sola. Y cuando se siente sola, no come”.
A Richard se le quebró la voz. "¿Por qué no me lo dijiste?"
Los ojos de Margaret brillaron, pero no dejó que las lágrimas cayeran.
“Porque no es mi trabajo enseñar a un hombre adulto a amar a su madre”, dijo.
Richard bajó la cabeza.
El silencio se prolongó hasta hacerse insoportable.
Entonces Richard susurró: "Llévame allí".
Margaret parpadeó. "¿Qué?"
—Esta noche —dijo Richard con voz firme—. Después del trabajo. Voy contigo.
Margaret lo estudió como si estuviera decidiendo si este era otro momento de culpa de un hombre rico que se desvanecería el lunes.
Finalmente, asintió una vez.
—Está bien —dijo—. Pero necesito que entiendas algo.
Richard miró hacia arriba.
La voz de Margaret era suave, pero tenía dureza.
"No puedes entrar ahí como un multimillonario", dijo. "Entras como un hijo".
Richard tragó saliva con dificultad.
"Puedo hacerlo", susurró.
Margaret sostuvo su mirada por un largo segundo.
Luego se giró hacia el pasillo.
—Emily ya tiene el almuerzo preparado —dijo, como si no acabara de abrirle el mundo—. Y necesita trenzas.
Richard parpadeó. "Yo... no sé cómo..."
Margaret se detuvo en la puerta y lo miró.
—Ya aprenderás —dijo en voz baja—. Eres su padre.
Luego ella se alejó.
Richard estaba solo en la cocina, con el corazón palpitante y, por primera vez en mucho tiempo, su calendario no parecía lo más importante de su vida.
Pero cuando iba a coger su taza de café, su teléfono vibró en el mostrador.
Un mensaje apareció en la pantalla: un número desconocido.
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