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EL MILLONARIO REGRESÓ PARA SORPRENDER A SUS HIJOS… PERO LO QUE ENCONTRÓ CAMBIÓ TODO EN LA VIDA DE LA FAMILIA…

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—Dijo que no merecíamos estar ahí —continuó Enzo, tragando saliva—. Dijo que necesitábamos aprender lo que es no tener nada.

El corazón de Marcelo se le encogió de hombros. Quería volver corriendo a la mansión y arrancar la puerta de sus goznes. Quería retroceder el tiempo. Quería hacer mil cosas imposibles.

—Cecília se enfermó —susurró Enzo—. Al segundo día. Estaba temblando. Le rogué a mamá que me diera una manta. No abrió.

Marcelo cruzó la habitación y presionó la mano contra la frente de Cecília. Demasiado calor. Fiebre.

Pasó la noche en una silla entre las camas, cambiando un paño frío en la frente de Cecília, controlando su temperatura, susurrándole a Enzo cada vez que el niño se despertaba sobresaltado por el pánico.

—Tranquilo —murmuró Marcelo—. Estoy aquí. Duerme.

Él no dormía. No podía. Cada moretón en su piel parecía una acusación escrita en un idioma que él había ignorado.

Por la mañana, la respiración de Cecília era un poco más regular, pero la fiebre persistía. Marcelo los llevó al hospital. El médico les habló con suavidad pero con firmeza: infección respiratoria por frío y exposición prolongada a la humedad. Antibióticos. Descanso. Calor. Comida.

Entonces el médico miró a Marcelo con una mirada penetrante que tenía algo que era al mismo tiempo profesional y humano.

"Tengo que denunciar esto", dijo. "Esto parece negligencia".

A Marcelo se le revolvió el estómago. Lo comprendió, y le aterró. Hacerlo oficial significaba que era real, de una forma que no podía negarse. Pero entonces vio a Enzo sosteniendo la mano de Cecília en la habitación del hospital —su hijo sujetando a su hermana como un padre debe hacerlo— y supo la verdad.

Ya era real. La única pregunta era si Marcelo sería lo suficientemente valiente para hacer lo que exigía la protección.

Esa noche, después de que Cecília durmiera y Enzo se quedara mirando la televisión con la mirada perdida, Marcelo regresó solo a la mansión.

Aparcó al otro lado de la calle y contempló la fachada impecable hasta que dejó de temblarle las manos. Entonces se acercó y tocó tres veces, con fuerza, sin descanso.

Patrícia entreabrió la puerta. Llevaba el pelo recogido de forma desordenada. Tenía ojeras. Por un instante, intentó parecer normal, como una mujer que saluda a su marido, no como una madre que ha dejado a sus hijos afuera bajo la lluvia.

—Desapareciste —dijo ella, con un tono de voz que sonaba como una acusación.

Marcelo no se molestó. "Llegué a casa", respondió, tranquilo como una piedra. "Y encontré a nuestros hijos en la acera".

El color desapareció de su rostro.

Dentro, todo estaba ordenado. Los muebles perfectamente colocados, el aire en calma, la casa como una fotografía preparada: hermosa por fuera, podrida por dentro.

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