No contestó.
Guardó el celular, secó las lágrimas y dio un paso hacia la cocina.
Vanessa marcaba otra vez cuando escuchó el crujido del piso.
—Alejandro —dijo, girándose.
Su rostro cambió de inmediato. Se desordenó el cabello con los dedos, puso cara de víctima y corrió hacia él.
—¡Mi amor! Gracias a Dios llegaste. Ha sido horrible. Rosario se volvió loca. Me atacó. Mateo se portó terrible. Yo solo intentaba corregirlo.
Alejandro no la abrazó.
Vanessa quedó pegada a su pecho como quien abraza una estatua.
Él miró por encima de ella: la mancha de jugo, los billetes arrugados que Rosario había tirado al piso para pagar la supuesta tintorería, los guantes amarillos abandonados, el rostro hinchado de su hijo, la mano de Rosario sobre el hombro de Mateo.
—Alejandro, dime algo —suplicó Vanessa—. Mira mi muñeca. Esa salvaje me lastimó.
Alejandro bajó la vista hacia ella.
—¿Te lastimó?
—Sí. Me atacó.
Él se apartó lentamente, como si Vanessa fuera algo sucio pegado a su traje. Camino hacia Mateo.
Rosario bajó la cabeza.
—Señor Alejandro, yo puedo explicar…
Él levantó una mano, pero no para callarla con desprecio. Fue un gesto suave.
Luego se arrodillo frente a su hijo.
Mateo retrocedió en la silla. Ese pequeño movimiento destruyó a Alejandro. Su hijo esperaba el castigo de él. No, consuelo. Castigo.
—Perdón, papá —sollozó Mateo—. Perdón por el jugo. No mandas a Nana a la calle. No me mandes al internado. Yo fui torpe.
Alejandro tomó las manos de su hijo.
—Mírame, campeón.
Mateo obedeció con miedo.
—Tú no eres torpe. Tú no eres malo. Tú no eres una carga. Y nadie te va a mandar a ningún internado. Mientras yo viva, esta es tu casa.
—Pero Vanessa dijo…
—Lo que Vanessa dijo no vale nada.
La voz de Vanessa salió quebrada desde atrás.
—¿De qué hablas, Alejandro?
Él se puso de pie lentamente y se volvió hacia ella.
—Lo vi todo.
Vanessa palideció.
—¿Qué?
—Llegué hace rato. Estaba detrás de la puerta. Te escuché insultar a mi hijo. Te escuché llamarlo estorbo. Te vi obligar a Rosario a arrodillarse. Te vi intentar quitarle el juguete de su madre. Te vi, Vanessa. Te vi completa.
Ella intentó sonreír.
—No es lo que parece. Estaba estresada. Tú sabes que ser madre de un niño así no es fácil.
—Tú no eres su madre.
La frase cayó como una piedra.
Vanessa parpadeó.
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