Durante semanas, Ravi tuvo pesadillas. Luiz empezó a dormir con la luz encendida. Y Sérgio comprendió que no bastaba con darles una casa lujosa.
Necesitaban seguridad. Presencia. Amor constante.
Así que tomó una decisión inesperada.
Vendió parte de sus negocios, delegó proyectos y comenzó a pasar más tiempo en casa. Los llevaba a la escuela, asistía a sus partidos, ayudaba con tareas.
Por primera vez, su vida no giraba alrededor del dinero.
Giraba alrededor de dos niños que habían aprendido a confiar otra vez.
Tres años después.
Una tarde, mientras ordenaban el garaje, Ravi encontró una vieja foto.
Era Sérgio, años atrás, solo junto a su esposa fallecida, frente a una casa silenciosa.
—Papá… ¿eras feliz antes?
Sérgio miró la imagen y luego a ellos.
Sonrió.
—Creía que sí. Pero no sabía lo que me faltaba.
Luiz frunció el ceño.
—¿Y qué te faltaba?
Sérgio cerró la caja, se agachó y los abrazó a ambos.
—Ustedes.
Los gemelos rieron, avergonzados.
En ese momento, comprendió algo con absoluta claridad:
No fue él quien salvó a esos niños aquel día en medio del campo.
Ellos lo habían salvado a él.
De la soledad.
Del vacío.
De una vida sin propósito.
Mientras el sol caía y las risas llenaban el jardín, Sérgio entendió que la verdadera riqueza no estaba en sus cuentas bancarias.
Estaba allí.
Dos niños que una vez fueron abandonados… y que ahora corrían hacia él gritando:
—¡Papá, ven a jugar!
Y esta vez, sin importar el negocio, el dinero o el mundo exterior…
Sérgio siempre eligió quedarse.
Porque algunas decisiones cambian una vida.
Pero otras…
Cambian tres vidas para siempre.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»